lunes, 3 de mayo de 2010
martes, 22 de septiembre de 2009
Consecuencias
¿Cómo puede alguien guardar en su cabeza una imagen así? Por mucho que David se repetía a si mismo que era imposible, cuando cerraba los ojos seguía viendo envejecer el rostro de aquel estudiante. Le veía cambiar al menos treinta años en menos de treinta segundos. Y el tiempo parecía bajar su velocidad en picado cuando ponía los ojos en blanco y David se daba cuenta de que había muerto. Era la primera vez que veía morir a otra persona en directo, casi al alcance de la mano, y el recuerdo le impresionaba sobre todo porque su mente le decía que era imposible. Pero no podía ser tan imposible cuando recordaba haber huido del cadáver. O cuando recordaba haber metido las manos bajo sus piernas en el autobús de regreso para tratar de disimular el temblor. O cuando pensaba en la noche que pasó sin dormir, con la manta sobre su cabeza, oculto, mientras mordía una de sus camisetas para evitar el castañeteo de sus dientes. Aquella noche apenas durmió unas horas antes de que sonara el despertador. El cielo apenas empezaba a aclarar el azul oscuro que precede al amanecer, y la cabeza le dolía de falta de descanso. No podía ser imposible si confiaba en sus recuerdos. No podía ser posible si seguía creyendo que un hombre no puede envejecer un año por segundo ante sus ojos. Pero si el efecto del tiempo no es tal como había creído durante toda su vida, tal como todo el mundo había creído siempre, ¿cuántas otras cosas serían distintas?
Y sobre todo, recordaba la voz de aquel tipo. "Buen trabajo", dijo. Como si hubiera sido cosa suya, de David. Y entonces surgía un pensamiento a medio reconocer, que le decía que había elegido ese destino para aquel joven. Pero era él o yo, pensaba. Y entonces se reforzaba la idea de que él, David, era el responsable de aquella muerte que desafiaba a la propia realidad. Le dijo a su madre que se encontraba mal y pasó todo el día en la cama.
Tuvo una pesadilla en la que no llegaba el tipo del abrigo sino que el propio David tendía una mano como una garra hacia el joven, éste volaba hasta ella, y casi notaba el pulso de su cuello mientras veía envejecer su cara llena de miedo. Cuando moría y sus ojos se ponían en blanco David despertó en la habitación a oscuras. Ya era de noche, miraba su reflejo en el espejo, apenas iluminado con las luces de la calle, mientras se tranquilizaba y se daba cuenta de que lo que le aterraba era que creía que él mismo era aquel joven. Entonces se dio cuenta de algo que parecía ir en contra de todo lo que se supone que debe pensar una persona en una situación así: tenía hambre. Parecía ridículo en esa situación y empezó a preocuparle el ser consciente de una necesidad tan cotidiana. ¿Una persona normal se daría cuenta siquiera de si tenía hambre? He estado al menos un día sin comer, no me pasa nada, es normal tener hambre, pensó. A pesar de eso, le llevó dos horas más de repetírselo y de darle vueltas en la cabeza antes de ser capaz de levantarse en la oscuridad de su cuarto y dirigirse despacio a la cocina, tratando de no hacer ruido para no despertar a sus padres, que dormían despreocupados. Pensar en sus padres le recordó que debería ir a clase al día siguiente, o fingirlo al menos, no quería que pensaran que estaba enfermo o que se pusieran nerviosos o preocupados. Seguro que le haría parecer relacionado cuando saliera la noticia de la desaparición de un estudiante de la misma universidad. Podía imaginarlo "sí, la verdad es que poco después empezó a comportarse de un modo raro, no quería ir a clase y tal." Sus padres no pensarían que fuera sospechoso, pero sí que él sabía algo que callaba por miedo, quizá por bandas o algo así, y la policía empezaría a preguntar, y a investigar... Tenía que quitarse esa idea de la cabeza. Abrió la despensa y en cuanto vio las tabletas de chocolate para los exámenes su cerebro pareció reaccionar y decir "esto, come esto", así que agarró la primera y sacó el brik de leche del frigorífico. Lo masticaba sin entusiasmo, notando una bola de culpabilidad en su pecho más y más grande cuanto más llenaba su boca el sabor dulce y cremoso del chocolate. Mientras la parte más instintiva de su mente se concentraba en las sensaciones y en la satisfacción de forma casi animal, casi feliz, la parte más intelectual no dejaba de pensar que estaba mal tener esas sensaciones, no verse sobrepasado por el horror de lo hecho.
...
Por la mañana selevantó, aún dándole vueltas a la misma idea. Cuando se dio cuenta, estaba en el metro, sentado entre una estudiante de arquitectura o bellas artes, a juzgar por el tamaño de su carpeta, y un tipo con traje y corbata que jugaba con su PSP ajeno al mundo exterior. Ante la ausencia de instrucciones, su cuerpo parecía haber escogido el camino más acostumbrado. David empezó a mirar alrededor. La sensación de que los demás sabían lo que había ocurrido desaparecieron, pero persistía la idea de que sería mirado con horror si lo supieran. O ser perseguido, encerrado, interrogado sin piedad... te venderían pensó. Te venderían alegremente. Pensó en a quién le venderían y en su mente apareció la mente del tipo del abrigo, sonriendo de lado, posiblemente mientras unos tipos de negro y con gafas de sol le sujetaban y se lo llevaban a algún sitio. Había visto algo que no debería haber visto.
Vendrán a por ti
No, son imaginaciones. Nadie lo sabe, ni lo sabrá.
¿Y si están esperando? Vigilándote para ver si das un paso en falso.
Un chaval escribía en un cuaderno en el banco de enfrente, en la otra esquina. Mientras David miraba, el chico le echó un vistazo de reojo y siguió con su cuaderno. Se preguntó qué estaba escribiendo, con la súbita sensación de que eran notas sobre él, para algún informe de comportamiento o algo así. Entonces recordó la estrella que había dibujado aquel estudiante en el suelo.
Se supone que eso es un símbolo de brujería, así que él no quería mi sangre para nada bueno. Y el otro tipo me avisó, no quería que eso ocurriera. Puede que incluso fuera un ángel.
Dijo que te mataría si ese cabrón usaba tu sangre. ¿Qué ángel diría eso?
Puede que ese conjuro me hubiera mancillado, me contaminara con influencias diabólicas. Puede que vendiera mi alma a cambio de juventud eterna y para mantenerla tuviera que hacer esas cosas, meter demonios en personas normales. Ese ángel me habría matado para enviar pura a Dios la mayor parte posible de mi alma.
Y sobre todo, recordaba la voz de aquel tipo. "Buen trabajo", dijo. Como si hubiera sido cosa suya, de David. Y entonces surgía un pensamiento a medio reconocer, que le decía que había elegido ese destino para aquel joven. Pero era él o yo, pensaba. Y entonces se reforzaba la idea de que él, David, era el responsable de aquella muerte que desafiaba a la propia realidad. Le dijo a su madre que se encontraba mal y pasó todo el día en la cama.
Tuvo una pesadilla en la que no llegaba el tipo del abrigo sino que el propio David tendía una mano como una garra hacia el joven, éste volaba hasta ella, y casi notaba el pulso de su cuello mientras veía envejecer su cara llena de miedo. Cuando moría y sus ojos se ponían en blanco David despertó en la habitación a oscuras. Ya era de noche, miraba su reflejo en el espejo, apenas iluminado con las luces de la calle, mientras se tranquilizaba y se daba cuenta de que lo que le aterraba era que creía que él mismo era aquel joven. Entonces se dio cuenta de algo que parecía ir en contra de todo lo que se supone que debe pensar una persona en una situación así: tenía hambre. Parecía ridículo en esa situación y empezó a preocuparle el ser consciente de una necesidad tan cotidiana. ¿Una persona normal se daría cuenta siquiera de si tenía hambre? He estado al menos un día sin comer, no me pasa nada, es normal tener hambre, pensó. A pesar de eso, le llevó dos horas más de repetírselo y de darle vueltas en la cabeza antes de ser capaz de levantarse en la oscuridad de su cuarto y dirigirse despacio a la cocina, tratando de no hacer ruido para no despertar a sus padres, que dormían despreocupados. Pensar en sus padres le recordó que debería ir a clase al día siguiente, o fingirlo al menos, no quería que pensaran que estaba enfermo o que se pusieran nerviosos o preocupados. Seguro que le haría parecer relacionado cuando saliera la noticia de la desaparición de un estudiante de la misma universidad. Podía imaginarlo "sí, la verdad es que poco después empezó a comportarse de un modo raro, no quería ir a clase y tal." Sus padres no pensarían que fuera sospechoso, pero sí que él sabía algo que callaba por miedo, quizá por bandas o algo así, y la policía empezaría a preguntar, y a investigar... Tenía que quitarse esa idea de la cabeza. Abrió la despensa y en cuanto vio las tabletas de chocolate para los exámenes su cerebro pareció reaccionar y decir "esto, come esto", así que agarró la primera y sacó el brik de leche del frigorífico. Lo masticaba sin entusiasmo, notando una bola de culpabilidad en su pecho más y más grande cuanto más llenaba su boca el sabor dulce y cremoso del chocolate. Mientras la parte más instintiva de su mente se concentraba en las sensaciones y en la satisfacción de forma casi animal, casi feliz, la parte más intelectual no dejaba de pensar que estaba mal tener esas sensaciones, no verse sobrepasado por el horror de lo hecho.
...
Por la mañana selevantó, aún dándole vueltas a la misma idea. Cuando se dio cuenta, estaba en el metro, sentado entre una estudiante de arquitectura o bellas artes, a juzgar por el tamaño de su carpeta, y un tipo con traje y corbata que jugaba con su PSP ajeno al mundo exterior. Ante la ausencia de instrucciones, su cuerpo parecía haber escogido el camino más acostumbrado. David empezó a mirar alrededor. La sensación de que los demás sabían lo que había ocurrido desaparecieron, pero persistía la idea de que sería mirado con horror si lo supieran. O ser perseguido, encerrado, interrogado sin piedad... te venderían pensó. Te venderían alegremente. Pensó en a quién le venderían y en su mente apareció la mente del tipo del abrigo, sonriendo de lado, posiblemente mientras unos tipos de negro y con gafas de sol le sujetaban y se lo llevaban a algún sitio. Había visto algo que no debería haber visto.
Vendrán a por ti
No, son imaginaciones. Nadie lo sabe, ni lo sabrá.
¿Y si están esperando? Vigilándote para ver si das un paso en falso.
Un chaval escribía en un cuaderno en el banco de enfrente, en la otra esquina. Mientras David miraba, el chico le echó un vistazo de reojo y siguió con su cuaderno. Se preguntó qué estaba escribiendo, con la súbita sensación de que eran notas sobre él, para algún informe de comportamiento o algo así. Entonces recordó la estrella que había dibujado aquel estudiante en el suelo.
Se supone que eso es un símbolo de brujería, así que él no quería mi sangre para nada bueno. Y el otro tipo me avisó, no quería que eso ocurriera. Puede que incluso fuera un ángel.
Dijo que te mataría si ese cabrón usaba tu sangre. ¿Qué ángel diría eso?
Puede que ese conjuro me hubiera mancillado, me contaminara con influencias diabólicas. Puede que vendiera mi alma a cambio de juventud eterna y para mantenerla tuviera que hacer esas cosas, meter demonios en personas normales. Ese ángel me habría matado para enviar pura a Dios la mayor parte posible de mi alma.
| David se levanta del asiento cuando llega su parada y sale por la puerta, mucho más tranquilo. Parece que hay fuerzas benignas en el universo, después de todo. Al salir junto a tantos otros jóvenes en la estación del campus se siente de nuevo confiado en el mundo, quizá más ahora que piensa que hay cierto sentido en todo. | David se levanta del asiento cuando llega su parada, no demasiado convencido por el pensamiento. Nunca ha sido muy creyente, y teniendo Dios a tantos de los suyos a los que ayudar, ¿por qué iba a ayudarle a él? Se da cuenta de que el chico que escribía en su cuaderno mientras le miraba se ha levantado también. Se fuerza a pensar que puede ser otro alumno, pero le mantiene en su radio de visión, sólo por si acaso. |
| Las clases se suceden igual que siempre, algunas con tedio y otras con interés. En los descansos David habla con sus compañeros, ayudando a aclarar dudas cuando puede. A fin de cuentas, si hay alguien cuidando de él, él puede tratar de merecerlo ayudando a otros. El día pasa, come con algunos amigos y pasa algunas horas en el laboratorio, enfrascado en una práctica. | Las clases se suceden igual que siempre, algunas con tedio y otras con interés. En los descansos David habla con sus compañeros, le preguntan dudas, pero él sólo atiende a medias cuando se da cuenta de que el chico del cuaderno está apoyado en una pared, haciéndose el distraído. En el siguiente descanso ya no está, pero se fija en otro chico grande y rapado, con pinta de ser del equipo de rugby. Come con algunos amigos y pasa algunas horas en el laboratorio, intentando sin éxito distraerse con una práctica. |
| Finalmente se rinde y, cogiendo su mochila, sale del edificio. Durante un instante tiene una sensación rara, pero es sólo un instante y ya está caminando en dirección al metro. Se le hace de noche con mucha frecuencia, pero como disfruta con lo que hace, no le parece algo malo. Muchas veces, cuando habla con viejos compañeros que ya están trabajando, piensa que va a echar de menos esta vida cuando acabe. Piensa en su rutina de clases, laboratorio y artes marciales tres veces por semana, dos horas por vez. La disciplina mental, emocional, y el conocimiento del propio cuerpo son sensaciones fantásticas. Últimamente incluso su padre, que es policía, encuentra utilidad en los conocimientos que David adquiere en esas clases. Afloja el paso, disfrutando de la sensación del aire fresco de la tarde y la cómoda vida de estudiante. Se aparta a un lado de un edificio, para no estar en medio de la acera, y se apoya en la pared, observando el cielo y respirando con paz. | Finalmente se rinde y, cogiendo su mochila, sale del edificio. Durante un instante ve juntos al chico del cuaderno y al jugador de rugby, pero aparta los ojos con rapidez y disimula. Empieza a caminar en dirección al metro con la atención puesta en los dos jóvenes, que caminan tras él. Planea su movimiento, lleva una mano a la chaqueta y coge un bolígrafo metálico. Los palmstick, cortos tubos metálicos, fáciles de llevar en la mano y diseñado para golpear puntos de presión y zonas de hueso con su punta son ilegales, pero se puede conseguir prácticamente el mismo efecto con un bolígrafo metálico. Afloja el paso, con el oído atento al paso de los que le siguen, y ocultando la mano armada en el bolsillo, toma una decisión. Se aparta a un lado de un edificio para no estar a la vista y se apoya en la pared, relajando su respiración y notando la elasticidad en el cuerpo. |
| Los dos jóvenes están a punto de pasar de largo, pero el del cuaderno se da cuenta de la presencia de David y le da un toque a su compañero. David aprovecha para mirares con más atención. El que escribía es apenas más bajo que David, pelo negro y corto, ropa vaquera y camiseta caqui, zapatillas de deporte. El que parece un jugador de rugby es una cabeza más alto, los músculos del torso se marcan bajo su camiseta blanca y lleva su ropa vaquera aclarada a base de lavados y deshilachada a base de uso. | Los dos jóvenes están a punto de pasar de largo, pero Cuaderno se da cuenta de la presencia de David y le da un toque a Rugby para avisarle. David aprovecha para mirares con más atención. Cuaderno es apenas más bajo que David, pelo negro y corto, ropa vaquera y camiseta caqui, zapatillas de deporte. Rugby es una cabeza más alto, los músculos del torso se marcan bajo su camiseta blanca y lleva su ropa vaquera aclarada a base de lavados y deshilachada a base de uso. |
- Oye, ¿Puedes echarnos una mano? Necesitamos que nos acompañes - dice el bajo
- ¿A dónde?
- Hay una persona que quiere verte. ¿Puedes hacernos el favor?
- No. -
| David no sabe porqué ha sido tan cortante, aunque tiene una sensación extraña. - No os conozco, ¿iríais vosotros con unos desconocidos a un sitio que no sabéis cuál es a ver a alguien a quien no conocéis? - dice, tratando de suavizarlo. El bajo mira a el alto de arriba abajo, como sorprendido de verle allí, y luego mira a David. - ¿No? - pregunta, incrédulo. El alto pone una mano en el hombro de David y se acerca, vagamente amenazante. | responde David. Normalmente una persona no mantiene la alerta contra un posible ataque cuando mantiene una conversación, pero en realidad es cuestión de entrenar hasta que desconectas lo físico de las palabras. Cuaderno mira a Rugby de arriba abajo, como sorprendido de verle allí, y luego mira a David. - ¿No? - pregunta, incrédulo. Rugby pone una mano en el hombro de David y se acerca amenazante. |
- Vas a venir. Y más te vale que sea por las buenas.
David esboza una sonrisa. - Tranquilo, - dice, sacando las manos de los bolsillos, - no hace falta ponerse así. - el bolígrafo en la mano derecha - Mira - dice a Cuaderno, y empieza a encadenar a toda velocidad: el boli un golpe a las costillas de Rugby, la otra mano libera el hombro, boli al cuello en uppercut, sien izquierda en gancho, salta al otro lado de Cuaderno, bloquea el brazo de ese lado, la mano derecha a la cara, la cadera como apoyo y lo lanza contra el suelo casi como en un irimi nage de aikido. Rugby sige en pie y se lanza contra David, pero tiene que saltar sobre Cuaderno, David está en diagonal, bloquea su brazo y lanza todo su peso en una patada a su rodilla. De frente podría haber aguantado, pero no en diagonal y los tendones ceden. Rugby cae, Cuaderno está encogido sujetándose la cabeza. Debería matarles. |
David llega al metro casi asfixiado de correr, no sabe por qué no le han perseguido, quizá para no llamar la atención. Apremia a los tornos mientras aceptan el billete desesperantemente lentos. Cuando llega al metro aún no ha recuperado el ritmo de respiración, prácticamente se derrumba en uno de los asientos. Parece que aquel satanista no actuaba solo. |
| David sonríe. |
viernes, 28 de agosto de 2009
La espera
El viento frío se arremolina a su alrededor, helando su piel y secando la humedad del mar que sube desde debajo del acantilado. Las olas crean un estruendo grave al golpear contra la base y meterse en las cuevas creadas a fuerza de siglos de desgastar la roca, y luego susurran al volver al mar. Es como la respiración de un gigante que durmiera en plena tormenta.
La hierba se dobla bajo el soplido del viento que llega del océano del norte, parece que las pequeñas flores violeta agacharan la cabeza, protegiéndose de la soledad, del frío...
Las botas protegen los pies de la mujer del frío y la humedad, el forro polar la protege del toque helado del viento, pero el constante acariciar de éste congela sus piernas, tensas para no temblar, y le obliga a cruzar los brazos para proteger sus manos y su pecho. Aprieta la mandíbula para que sus dientes no castañeteen y entrecierra sus ojos, tratando de localizar algo en el mar mientras la luz se debilita, el sol escondiéndose en el horizonte, dificultándole más la visión.
Aún con el sol bajo el mar queda luz en el ambiente que aclara el cielo y degrada lentamente el azul oscuro del este hacia tonos más claros que se vuelven anaranjados, violetas y púrpuras. El tiempo desplaza los colores hasta que el horizonte mezcla el mar con el cielo y la mujer gira sobre sus pies para caminar hacia la aldea. Acaricia un momento con su mano una de las piedras, quizá siglos atrás esa misma piedra protegiera del frío o del viento a otras personas en la misma tierra. Quizá otra mujer se apoyó en ella, buscando una vela en el mar, como ahora ella. Pero es sólo un momento y vuelve a cruzar los brazos por el frío mientras sigue el camino y las sombras se alargan.
Ya no llora. Está demasiado acostumbrada.
Pero le sigue doliendo.
La hierba se dobla bajo el soplido del viento que llega del océano del norte, parece que las pequeñas flores violeta agacharan la cabeza, protegiéndose de la soledad, del frío...
Las botas protegen los pies de la mujer del frío y la humedad, el forro polar la protege del toque helado del viento, pero el constante acariciar de éste congela sus piernas, tensas para no temblar, y le obliga a cruzar los brazos para proteger sus manos y su pecho. Aprieta la mandíbula para que sus dientes no castañeteen y entrecierra sus ojos, tratando de localizar algo en el mar mientras la luz se debilita, el sol escondiéndose en el horizonte, dificultándole más la visión.
Aún con el sol bajo el mar queda luz en el ambiente que aclara el cielo y degrada lentamente el azul oscuro del este hacia tonos más claros que se vuelven anaranjados, violetas y púrpuras. El tiempo desplaza los colores hasta que el horizonte mezcla el mar con el cielo y la mujer gira sobre sus pies para caminar hacia la aldea. Acaricia un momento con su mano una de las piedras, quizá siglos atrás esa misma piedra protegiera del frío o del viento a otras personas en la misma tierra. Quizá otra mujer se apoyó en ella, buscando una vela en el mar, como ahora ella. Pero es sólo un momento y vuelve a cruzar los brazos por el frío mientras sigue el camino y las sombras se alargan.
Ya no llora. Está demasiado acostumbrada.
Pero le sigue doliendo.
De lo que se hacen los sueños, de lo que se hacen historias
... y caminar simplemente en contacto, mi mano en su cintura, sintiendo el tacto firme de su cuerpo bajo su camiseta, mi cintura notando su brazo en ella. El calor en su aliento cuando nos besamos...
... Tampoco esperabas ser el único ¿no? Sólo nos hemos visto unas pocas veces...
... y sentados frente a un acantilado, su espalda apoyada en mi pecho, mis manos alrededor de su cuerpo, sus brazos en mis piernas, el viento llevando el olor de su pelo a mi nariz y el frío besando nuestras mejillas juntas...
... ¡Oh, Vamos! ¿Qué esperabas?...
... Esta sensación de paz, su cuerpo dormido sobre el mío, la sensación en la punta de mis dedos acariciando suavemente su espalda, la línea de su columna, su piel suave...
... Yo también lo veo así. Sólo somos dos personas, nos llevamos bien, nos va bien en la cama. Dejemos tiempo al tiempo, a otras oportunidades, a otras personas...
... La sensación de calor, de energía entretejida sobre la piel, las respiraciones profundas y rápidas, como si no hubiera bastante aire, el aliento en nuestras bocas, mis manos sujetando sus muslos, las suyas en mi cuello, mis labios bajo la línea de su mandíbula mientras sus ojos se cierran...
... Una mano en su cintura, con la confianza de quien no ve rechazados sus besos. Sólo que la mano no es la mía. Momentos después, alejados de esa mano, un susurro "¿Haces algo la semana que viene?"...
Es tan irónico un doble filo, tan poéticamente adecuado, que ¿cómo puedo quejarme de que la imaginación que tanto me da tanto me quite? Pero no parece justo que la misma capacidad que hace tan hermosa la espera un momento la amargue al siguiente.
Casi puedo oír a Jarret: "¿Justo? No sé de dónde has sacado tu idea de la justicia..."
... Tampoco esperabas ser el único ¿no? Sólo nos hemos visto unas pocas veces...
... y sentados frente a un acantilado, su espalda apoyada en mi pecho, mis manos alrededor de su cuerpo, sus brazos en mis piernas, el viento llevando el olor de su pelo a mi nariz y el frío besando nuestras mejillas juntas...
... ¡Oh, Vamos! ¿Qué esperabas?...
... Esta sensación de paz, su cuerpo dormido sobre el mío, la sensación en la punta de mis dedos acariciando suavemente su espalda, la línea de su columna, su piel suave...
... Yo también lo veo así. Sólo somos dos personas, nos llevamos bien, nos va bien en la cama. Dejemos tiempo al tiempo, a otras oportunidades, a otras personas...
... La sensación de calor, de energía entretejida sobre la piel, las respiraciones profundas y rápidas, como si no hubiera bastante aire, el aliento en nuestras bocas, mis manos sujetando sus muslos, las suyas en mi cuello, mis labios bajo la línea de su mandíbula mientras sus ojos se cierran...
... Una mano en su cintura, con la confianza de quien no ve rechazados sus besos. Sólo que la mano no es la mía. Momentos después, alejados de esa mano, un susurro "¿Haces algo la semana que viene?"...
Es tan irónico un doble filo, tan poéticamente adecuado, que ¿cómo puedo quejarme de que la imaginación que tanto me da tanto me quite? Pero no parece justo que la misma capacidad que hace tan hermosa la espera un momento la amargue al siguiente.
Casi puedo oír a Jarret: "¿Justo? No sé de dónde has sacado tu idea de la justicia..."
jueves, 27 de agosto de 2009
Kokoro no tobi
Kokoro no tori
- ¿Por qué no me dejas salir?
Hay un timbre de pena en la voz del pájaro.
- Porque es mejor que haya más visibilidad, más calma, que tengas más tiempo para reaccionar, Kokoro.
- Pero ya estoy bien, ya muevo las alas de nuevo
- Tampoco las mueves como antes. Ni siquiera vuelas con la misma seguridad en tu jaula, ¿cómo voy a pensar que lo vas a hacer al aire libre?
- ¿Pero entonces qué vas a hacer? ¿Enyesarme las alas de nuevo?
- Estaban rotas, ¿qué querías que hiciera? Volaste demasiado rápido, si hubieras ido más despacio, si hubieras tenido más calma, creo que podrías haber esquivado aquella pared y no habrías tenido que pasar estos meses así. Ni el yeso, ni la jaula. Podrías haber estado volando.
- Lo dices como si fuera culpa mía. - dice, con enfado
- No digo que tuvieras la culpa. Era una reacción normal. Llevabas tiempo sin volar, tenías muchas ganas, yo estaba distraído... no te estoy culpando. Sólo digo que para la próxima vez, para esta vez, será mejor llevar cuidado.
- Pues búscame una armadura, a ver si así no me rompo nada. - contesta, con un bufido
- Más que una armadura, creo que necesitas una correa, o una tila y a ver si te calmas.
Se miran los dos, el pájaro con enfado, el humano con comprensión pero también preocupación. Sus labios insinúan una sonrisa y un momento después ambos ríen, poniendo los ojos en blanco por su propia cabezonería.
- De todos modos con una armadura no podrías levantar el vuelo, Kokoro.
- De acuerdo, iré despacio.
Ambos giran y miran por la ventana. El pájaro se imagina volando en cielo abierto de nuevo, la sensación de libertad, de felicidad. El humano también se lo imagina, tratando de controlar su preocupación y disfrutar de la belleza en las imágenes que imagina.
Hay un timbre de pena en la voz del pájaro.
- Porque es mejor que haya más visibilidad, más calma, que tengas más tiempo para reaccionar, Kokoro.
- Pero ya estoy bien, ya muevo las alas de nuevo
- Tampoco las mueves como antes. Ni siquiera vuelas con la misma seguridad en tu jaula, ¿cómo voy a pensar que lo vas a hacer al aire libre?
- ¿Pero entonces qué vas a hacer? ¿Enyesarme las alas de nuevo?
- Estaban rotas, ¿qué querías que hiciera? Volaste demasiado rápido, si hubieras ido más despacio, si hubieras tenido más calma, creo que podrías haber esquivado aquella pared y no habrías tenido que pasar estos meses así. Ni el yeso, ni la jaula. Podrías haber estado volando.
- Lo dices como si fuera culpa mía. - dice, con enfado
- No digo que tuvieras la culpa. Era una reacción normal. Llevabas tiempo sin volar, tenías muchas ganas, yo estaba distraído... no te estoy culpando. Sólo digo que para la próxima vez, para esta vez, será mejor llevar cuidado.
- Pues búscame una armadura, a ver si así no me rompo nada. - contesta, con un bufido
- Más que una armadura, creo que necesitas una correa, o una tila y a ver si te calmas.
Se miran los dos, el pájaro con enfado, el humano con comprensión pero también preocupación. Sus labios insinúan una sonrisa y un momento después ambos ríen, poniendo los ojos en blanco por su propia cabezonería.
- De todos modos con una armadura no podrías levantar el vuelo, Kokoro.
- De acuerdo, iré despacio.
Ambos giran y miran por la ventana. El pájaro se imagina volando en cielo abierto de nuevo, la sensación de libertad, de felicidad. El humano también se lo imagina, tratando de controlar su preocupación y disfrutar de la belleza en las imágenes que imagina.
domingo, 23 de agosto de 2009
Marioneta rota
Marioneta rota, marioneta perdida:
¿Dónde estás? ¿Dónde te escondes en la oscuridad?
¿Quién soltó tus hilos? ¿Quién te dejó desmadejada?
¿Quién soltó las cuerdas que dirigían tu danza?
¿Quién te dejó abandonada?
Marioneta perdida, marioneta abandonada:
¿Quién te dejó sin dirección?
¿Quién te dejó sin guía, sin marcas?
¿Quién te dejó en el camino?
¿Quién te dejó olvidada?
Marioneta abandonada, marioneta olvidada:
¿Quién te dejó sin llanto?
¿Quién te impide llorar cuando tus cuerdas están cortadas?
¿Quién te impide llorar cuando tus miembros no se mueven,
pues no hay manos que lo hagan?
¿Quién te impide llorar cuando te dejó tirada?
Marioneta olvidada, marioneta tirada
¿Dónde estás, que no respondes?
¿Dónde estás, que callas?
¿Tu pena no quieres dejar?
Mira: tengo nuevos hilos con los que volverte a atar.
Ya no serás desconocida.
Marioneta tirada, marioneta desconocida
Sal ya, que con estos hilos volverás a danzar.
Con estos hilos volverás a bailar,
unida a mis dedos volverás a caminar.
Y a sonreír, y a actuar,
y a hacer reír, y a hacer soñar.
Con estos hilos no te volverás a perder,
no te volverán a abandonar.
Marioneta perdida, ¿por qué te quedas callada?
Marioneta desconocida, marioneta callada
¿Acaso no quieres volver a bailar?
¿Acaso no quieres actuar?
¿No quieres hacer reír?
¿No quieres hacer soñar?
¿Quieres seguir perdida?
Marioneta, constesta ya
Marioneta atada, marioneta controlada
por dedos que no ves.
¿Acaso no sabes que yo misma corté
los hilos que quedaron?
La soledad es el precio,
pero bailo cuando quiero,
y hago reír a quien puedo,
y soñar a quien beso.
¿Y actuar?
Ya no actúo, marioneta.
Este es el final.
¿Dónde estás? ¿Dónde te escondes en la oscuridad?
¿Quién soltó tus hilos? ¿Quién te dejó desmadejada?
¿Quién soltó las cuerdas que dirigían tu danza?
¿Quién te dejó abandonada?
Marioneta perdida, marioneta abandonada:
¿Quién te dejó sin dirección?
¿Quién te dejó sin guía, sin marcas?
¿Quién te dejó en el camino?
¿Quién te dejó olvidada?
Marioneta abandonada, marioneta olvidada:
¿Quién te dejó sin llanto?
¿Quién te impide llorar cuando tus cuerdas están cortadas?
¿Quién te impide llorar cuando tus miembros no se mueven,
pues no hay manos que lo hagan?
¿Quién te impide llorar cuando te dejó tirada?
Marioneta olvidada, marioneta tirada
¿Dónde estás, que no respondes?
¿Dónde estás, que callas?
¿Tu pena no quieres dejar?
Mira: tengo nuevos hilos con los que volverte a atar.
Ya no serás desconocida.
Marioneta tirada, marioneta desconocida
Sal ya, que con estos hilos volverás a danzar.
Con estos hilos volverás a bailar,
unida a mis dedos volverás a caminar.
Y a sonreír, y a actuar,
y a hacer reír, y a hacer soñar.
Con estos hilos no te volverás a perder,
no te volverán a abandonar.
Marioneta perdida, ¿por qué te quedas callada?
Marioneta desconocida, marioneta callada
¿Acaso no quieres volver a bailar?
¿Acaso no quieres actuar?
¿No quieres hacer reír?
¿No quieres hacer soñar?
¿Quieres seguir perdida?
Marioneta, constesta ya
Marioneta atada, marioneta controlada
por dedos que no ves.
¿Acaso no sabes que yo misma corté
los hilos que quedaron?
La soledad es el precio,
pero bailo cuando quiero,
y hago reír a quien puedo,
y soñar a quien beso.
¿Y actuar?
Ya no actúo, marioneta.
Este es el final.
sábado, 22 de agosto de 2009
La tejedora
Teje, teje, teje.
Sus ojos nublados
no ven lo que tiene en las manos,
pero ve lo que tendrá.
Tapices de reinas y reyes,
telas de sueños sin despertar,
bordados de islas perdidas, ocultas o desaparecidas
donde héroes muertos aguardan que se les vuelva a necesitar.
Setanta, el sabueso pelirrojo de la Isla Esmeralda,
durmiendo con Gae Bolga, compañera de batalla.
Nuada, rey de los Tuatha Dé Danann,
su brazo de carne recuperado,
a la izquierda su brazo de plata,
su esposa al otro lado.
Lugh, sirviente de Nuada,
Sus ojos nublados
no ven lo que tiene en las manos,
pero ve lo que tendrá.
Tapices de reinas y reyes,
telas de sueños sin despertar,
bordados de islas perdidas, ocultas o desaparecidas
donde héroes muertos aguardan que se les vuelva a necesitar.
Setanta, el sabueso pelirrojo de la Isla Esmeralda,
durmiendo con Gae Bolga, compañera de batalla.
Nuada, rey de los Tuatha Dé Danann,
su brazo de carne recuperado,
a la izquierda su brazo de plata,
su esposa al otro lado.
Lugh, sirviente de Nuada,
carpintero, herrero, guerrero y mago,
padre de Setanta,
descansa con su largo brazo.
El caldero de Dagda hierve entre los hilos
y la lana forma cuerpos que se vuelven a levantar.
Un caldero, un grial,
escondidos en historias, en leyendas,
escondidos en el telar.
Teje, teje, teje.
Tus ojos nublados
no ven lo que tienes en las manos,
pero ven lo que tendrás.
Vemos el camino que pisamos,
pero en un bosque, entre colinas, en un valle...
¿hasta dónde podemos mirar?
Y al salir del bosque y ver las colinas,
y al subir las colinas y ver las montañas,
y al subir las montañas y ver el mar...
¿Hasta dónde podemos mirar?
¿Cuánto nos preguntamos por lo que hay más allá?
Dime, tejedora, ¿Qué hay que pagar
para ver el futuro, las consecuencias de nuestros actos, las piedras del camino?
¿Para ver, antes de que lleguen, las cosas que vendrán?
Tejedora, ¿no me vas a contestar?
Tejo, tejo, tejo.
Mis ojos nublados
no ven lo que tienen mis manos,
pero ven lo que tendrán.
El caldero de Dagda hierve entre los hilos
y la lana forma cuerpos que se vuelven a levantar.
Un caldero, un grial,
escondidos en historias, en leyendas,
escondidos en el telar.
Teje, teje, teje.
Tus ojos nublados
no ven lo que tienes en las manos,
pero ven lo que tendrás.
Vemos el camino que pisamos,
pero en un bosque, entre colinas, en un valle...
¿hasta dónde podemos mirar?
Y al salir del bosque y ver las colinas,
y al subir las colinas y ver las montañas,
y al subir las montañas y ver el mar...
¿Hasta dónde podemos mirar?
¿Cuánto nos preguntamos por lo que hay más allá?
Dime, tejedora, ¿Qué hay que pagar
para ver el futuro, las consecuencias de nuestros actos, las piedras del camino?
¿Para ver, antes de que lleguen, las cosas que vendrán?
Tejedora, ¿no me vas a contestar?
Tejo, tejo, tejo.
Mis ojos nublados
no ven lo que tienen mis manos,
pero ven lo que tendrán.
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