Abre la botella de ginebra rompiendo el precinto con un rostro curiosamente relajado. Echa un par de hielos de una cubitera en un vaso y luego algo de la bebida. La prueba y tuerce el gesto. "Demasiado amarga", piensa, y se levanta para dirigirse a la cocina.
Sólo lleva una camiseta de tirantes y unos boxer amplios y cómodos que han visto demasiados lavados y, aunque es consciente de que sus calcetines no mejoran el conjunto, tampoco es hoy una noche de etiqueta.
Abre el frigorífico y resopla al ver una botella de coca cola medio vacía a la que olvidó poner el tapón. Levanta la botella y la agita un poco mirando el líquido a la luz del frigorífico, más fría aún en la cocina a oscuras.
- Puf. Sin gas. - dice. Suspira y vuelve al salón arrastrando los pies. Se sienta en el sofá y echa coca cola al vaso de ginebra, coge el mando de la tele y la enciende mientras se echa hacia atrás.
Cambia de canal indolentemente. Fuera películas, fuera series. Para un momento en un canal con anuncios, pero sigue hasta que encuentra uno con música. Es música actual, esta música blanda y comercial, diseñada por comité para vender, mezcla de pop, rap, disco y a saber cómo le llaman.
Al menos no requiere prestar verdadera atención.
La noche avanza con cada nuevo video, viendo descender poco a poco el nivel de la ginebra en la botella. El hombre está entumecido, siente la cabeza pesada, como llena de arena, y la boca pastosa. Las venas laten justo sobre los ojos, prometiendo una resaca estupenda para el día siguiente. Otra noche más de viernes. Con gesto descoordinado levanta el mando y apaga la tele. El silencio cubre de golpe la habitación como una pesada manta de lana. Ni siquiera se oyen ruidos de gente en la calle.
El hombre apoya la cabeza en el sofá, descansándola. El sueño pesa sobre sus párpados, el alcohol dentro de sus venas. Ni siquiera se molestará en ir a la cama. Deja vencer su cuello a un lado y mira el asiento contiguo.
De ahí coge la pistola, quita el seguro y la amartilla con la concentración ridícula de los borrachos cuando tienen que hacer incluso el más habitual gesto, apoya el cañón sobre su ojo cerrado y entre la neblina de ginebra que flota en su cabeza intenta que la trayectoria se dirija al cráneo.
Empieza a apretar el gatillo, pero no llega a oír el disparo.
Sus vecinos, sí.
Sólo lleva una camiseta de tirantes y unos boxer amplios y cómodos que han visto demasiados lavados y, aunque es consciente de que sus calcetines no mejoran el conjunto, tampoco es hoy una noche de etiqueta.
Abre el frigorífico y resopla al ver una botella de coca cola medio vacía a la que olvidó poner el tapón. Levanta la botella y la agita un poco mirando el líquido a la luz del frigorífico, más fría aún en la cocina a oscuras.
- Puf. Sin gas. - dice. Suspira y vuelve al salón arrastrando los pies. Se sienta en el sofá y echa coca cola al vaso de ginebra, coge el mando de la tele y la enciende mientras se echa hacia atrás.
Cambia de canal indolentemente. Fuera películas, fuera series. Para un momento en un canal con anuncios, pero sigue hasta que encuentra uno con música. Es música actual, esta música blanda y comercial, diseñada por comité para vender, mezcla de pop, rap, disco y a saber cómo le llaman.
Al menos no requiere prestar verdadera atención.
La noche avanza con cada nuevo video, viendo descender poco a poco el nivel de la ginebra en la botella. El hombre está entumecido, siente la cabeza pesada, como llena de arena, y la boca pastosa. Las venas laten justo sobre los ojos, prometiendo una resaca estupenda para el día siguiente. Otra noche más de viernes. Con gesto descoordinado levanta el mando y apaga la tele. El silencio cubre de golpe la habitación como una pesada manta de lana. Ni siquiera se oyen ruidos de gente en la calle.
El hombre apoya la cabeza en el sofá, descansándola. El sueño pesa sobre sus párpados, el alcohol dentro de sus venas. Ni siquiera se molestará en ir a la cama. Deja vencer su cuello a un lado y mira el asiento contiguo.
De ahí coge la pistola, quita el seguro y la amartilla con la concentración ridícula de los borrachos cuando tienen que hacer incluso el más habitual gesto, apoya el cañón sobre su ojo cerrado y entre la neblina de ginebra que flota en su cabeza intenta que la trayectoria se dirija al cráneo.
Empieza a apretar el gatillo, pero no llega a oír el disparo.
Sus vecinos, sí.
2 comentarios:
No sabía que escribías y menos que lo hacías tan bien.
Felicidades!!!
Te seguiré puntualmente.
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