La sala de ordenadores estaba casi vacía. Sólo un alumno más tecleaba, la vista concentrada en el monitor, la luz azulada de la pantalla reflejándose en sus ojos. David cambiaba de posición el cuerpo continuamente, tras horas mirando aquel código, casi sin parpadear, el rostro casi sin expresión. Siempre le ocurría así cuando se concentraba en un programa. Detiene un momento su tecleo, como respirando o comprobando algo, presiona una de las teclas de función y espera a que compile y arranque el código de su ejercicio. La luz de la pantalla casi desaparece un instante antes de mostrar su programa y el frunce el ceño inconscientemente. - No puede ser - susurra. | La sala de ordenadores estaba casi vacía. Sólo un alumno más tecleaba, la vista concentrada en el monitor, la luz azulada de la pantalla reflejándose en sus ojos. David tenía el cuerpo cansado y anquilosado después de horas de mirar aquel código, deseando levantarse y hacer algo de ejercicio para soltar sus articulaciones. Sin embargo, ninguna emoción cambiaba su rostro mientras sus ojos recorrían las líneas con el ceño ligeramente fruncido. Se detiene un momento, echando el cuerpo hacia atrás y cogiendo aire como antes de un salto, y lanza el proceso de compilación y ejecución del programa. Durante un instante la pantalla se vuelve negra durante un instante antes de mostrarle el resultado de su código, y su ceño se frunce más inconscientemente. - No puede ser - susurra. |
Sus dedos se mueven siguiendo su mente de una forma tan automática, tan fluida, que se diría que le resulta tan fácil como cuadrar unos folios, un paso casi inconsciente de objetivo a acción fruto de la repetición y la costumbre. Coloca puntos de ruptura en el código para que al ejecutar se detenga y pueda examinar las órdenes, la secuencia que sigue el código, los valores de sus variables... Cuando la ejecución llega a ese punto del código se detiene y el lenguaje sustituye la ventana con sus botones y sus campos. Pulsa F8 cada pocos instantes, avanzando lentamente la ejecución. Buscando el punto en el que el programa vuelve la pantalla en negro, los ojos fijos y atentos, como un investigador esperando un movimiento. | Sus dedos se mueven obediciendo a su mente de una forma tan automática, tan fluida, que apenas parece que necesite pensarlo, un paso casi inconsciente de objetivo a acción fruto de la repetición y la costumbre. Coloca puntos de ruptura en el código para que al ejecutar se detenga y pueda examinar las órdenes, la secuencia que sigue el código, los valores de sus variables... Cuando la ejecución llega a ese punto del código se detiene y el lenguaje sustituye la ventana con sus botones y sus campos. Pulsa F8 cada pocos instantes, avanzando lentamente la ejecución. Buscando el punto en el que el programa vuelve la pantalla en negro, los ojos clavados en la línea activa, feroces y alerta como un cazador esperando un movimiento de su presa. |
Sus esfuerzos resultan infructuosos. Habrá sido un fallo de la tarjeta de video. Quita los puntos de ruptura y lanza de nuevo la ejecución. Otro flash en negro en la pantalla. Extrañado, mira alrededor, como si esperara ver a alguien riéndose con disimulo, gastándole una broma. El otro alumno levanta la vista y le mira, el ceño fruncido, antes de volver a atender su propio ordenador. Casi me pareció ver mi nombre cuando se apagó la pantalla. He estado demasiado tiempo programando. Hora de volver a casa. Coge el ratón con la mano y desliza el puntero hacia el botón de Apagar Sistema. Aparece el diálogo de confirmación. | Sus esfuerzos resultan infructuosos. Habrá fallado la tarjeta de video. Quita los puntos de ruptura y lanza de nuevo la ejecución. Otro flash en negro en la pantalla. Con el ceño fruncido, mira alrededor, esperando ver a algún bromista riéndose con disimulo. El otro alumno levanta le mira, también con el ceño fruncido, antes de volver a atender su propio ordenador. Parecía mi nombre, en medio del negro del... fallo de refresco o lo que fuera. Demasiado tiempo programando. Hora de volver a casa. Coge el ratón con la mano y desliza el puntero hacia el botón de Apagar Sistema. Aparece el diálogo de confirmación. |
"¿Está seguro de que desea apagar el equipo? SE PERDERÁ UN MENSAJE IMPORTANTE" David se queda boquiabierto. Lentamente, pulsa el botón "Cancelar". Una nueva ventana con una advertencia y un botón Aceptar sustituye a la anterior: "Que no se lleve tu sangre" Parpadea y la pantalla cambia al logo de Windows, con el mensaje de "Espere a que el equipo se apague". Mira al otro alumno, está recogiendo sus cosas mientras mira la pantalla. | |
| Hace frío en la noche. David camina entre los edificios del campus en oscuridad. Cerca de las ventanas y de las pocas luces que quedan apenas se ve algún alumno. La zona en la que se levanta el campus probablemente estuviera llena de colinas en los tiempos en los que era tierra vacía. Algunos edificios tienen incluso un piso semienterrado, con lo que es confuso saber si estás en la primera planta o en el primer sótano cuando entras desde la calle. Es como si hubieran realizado los edificios sin plantearse la posibilidad de allanar el área que iban a ocupar. David pasa entre dos edificios de la misma facultad, apenas separados unos metros entre sí y comunicados por un pasillo - túnel a unos diez metros por encima de él. Es viernes, así que no dedica un segundo vistazo a otro estudiante, probablemente de posgrado por la edad que aparenta, sentado en las escaleras, apoyado inconsciente - probablemente borracho - contra la pared. Pasa de largo y sube algunos escalones cuando le sorprende el empujón que le tira contra las escaleras. Lanza los brazos al frente para evitar el choque, no sería la primera vez que tropieza en unas escaleras y no se haría daño, pero esta vez hay un cuerpo sobre él, unos ochenta kilos presionándole contra las escaleras. Nota una mano en su nuca. | Cuando sale del edificio la noche ha enfriado el aire. David camina entre los edificios del campus en la oscuridad. Cerca de las ventanas y de las pocas luces que quedan apenas se ve algún alumno, pero aparte de ellos no hay indicios de vida entre los edificios de ladrillo rojo y los abetos de las zonas ajardinadas. David pasa entre dos edificios de la misma facultad, apenas separados unos metros entre sí y comunicados por un pasillo - túnel a unos diez metros por encima de él. Es viernes, así que no dedica un segundo vistazo a otro estudiante sentado en las escaleras, apoyado inconsciente contra la pared. Borracho. ¿No tienes nada mejor que hacer?, piensa mientras pasa de largo y empieza a subir la escalera. Entonces le sorprende un empujón que le tira contra los escalones. Lanza los brazos al frente para evitar el choque, pero un cuerpo sobre él le sigue presionando hacia abajo. Nota una mano en su nuca y reacciona. |
| Los labios dejan al descubierto sus dientes en una expresión de furia mientras, apoyándose en sus piernas y sus brazos, gira con su atacante a la espalda para golpearlo contra las propias escaleras. Oye un gemido ahogado con el ruido del choque, y rueda para alejarse y ponerse en pie. Su atacante está en pie, una jeringuilla en su mano Genial, un yonki y David apenas nota cómo, casi de forma inconsciente, su mente se enfoca en la imagen de ese tipo muerto y luego se relaja, lista para reaccionar. Su cuerpo se encorva, alejando el vientre y el pecho, mientras sus manos se adelantan, levemente engarfiadas. Es una postura algo reptilesca la que ha asumido su cuerpo, mientras su atacante parece dudar entre la necesidad o la prudencia. Entre seguir su ataque o huir. Gana la necesidad y se lanza hacia delante. David reacciona echando el cuerpo hacia atrás para tener más maniobra mientras desvía el brazo del tipo a un lado. Luego se lanza adelante, hundiendo su otro puño en la cara del agresor con toda la potencia de su cuerpo. Él cae sobre las escaleras, pero David no ha tenido en cuenta los escalones y resbala, perdiendo el equilibrio. Golpea su cabeza al caer, su espalda, sus costillas... | |
La mano le sujeta del pelo y golpea su cabeza contra el escalón. Entonces todo se vuelve negro. | Durante unos instantes se queda sin respiración y luchando contra la inconsciencia. Parpadea y ve el rostro sangrante del otro estudiante, que le agarra del pelo y le vuelve a golpear contra el suelo. Entonces todo se vuelve negro. |
Le despertó el timbre del móvil. Mareado y con el cuerpo helado se movió para cogerlo. Al otro lado una voz le dijo - Has dejado que se lleve tu sangre. Impide que la use o te mataré. - - Yo... no sé quién es... - - Cállate, yo sé quién eres tú. Levanta y ve a la parada del autobús. Corre, coge el 45, está a punto de llegar. Hasta la última parada. - David se pone en pie y empieza a caminar tambaleante - ¿Qué coño haces caminando? ¡¡CORRE!! - David corre mientras llega el autobús a la parada. Saluda con la mano del móvil para llamar su atención y que le espere, sube y se sienta cerca de la puerta. El hombre ha colgado ya, la pantalla dice "número desconocido". Genial. Estoy en un autobús que no es el mío, dirigido a una parada que no es la mía. - Disculpa, chico. ¿Sabes que tienes sangre en el cuello? - dice el conductor - ¡Oh! Es sólo un rasguño, una caída tonta, no se preocupe. Gracias. - Las paradas se suceden una tras otra. No queda ya en al autobús nadie salvo David y el conductor, y en ese momento el móvil suena como un bebé enfadado gritando en busca de atención. "Número desconocido". - ¿Diga? - - Prepárate para bajar. Cruzando la calle hay un almacén, entra por detrás, está abierto. El que te sacó sangre está ahí. Si le dejas usarla te mataré, así que toma tus propias decisiones. - cuelga sin una palabra más, sin una explicación. David se levanta del asiento y sale por la puerta cuando ésta se abre. Cruza la calle, aún preguntándose qué hace allí en lugar de ir a casa, pero lo cierto es que en el fondo algo le preocupa. Todo esto es demasiado extraño. Da la vuelta al edificio y ni siquiera le sorprende encontrar una puerta abierta. Parece un barrio residencial, tranquilo, un montón de pisos como una colmena llenos de gente durmiendo tranquila. Seguro que ninguno de ellos imagina que un estudiante como David podría estar entrando a hurtadillas en el almacén del supermercado del barrio. Al entrar, su oído percibe algún tipo de canturreo monótono. | |
David avanza con todo el cuidado del que es capaz, junto a las paredes en sombras, tratando de acercarse al origen del canturreo hasta que lo ve. Es el mismo estudiante que le atacó en el campos. Su mochila está abierta y en el suelo se juntan tizas, una jarra de cerveza bastante sucia, una navaja y la jeringuilla, sólo que ahora parece llena de un líquido negro. El estudiante está concentrado dibujando algo en el suelo, con las tizas. | David avanza en silencio, los pies apoyándose en el suelo desde la punta, dejando que el peso cambie con suavidad de un pie al otro mientras avanza. Una mano al frente, preparada para encontrarse con un obstáculo, la otra tocando la pared, rozándola con la punta de los dedos para tener una referencia continua. Se desliza con las sombras tratando de acercarse al origen del canturreo hasta que lo ve. Es el mismo estudiante que le atacó en el campos. Su mochila está abierta y en el suelo se juntan tizas, una jarra de cerveza bastante sucia, una navaja y la jeringuilla, sólo que ahora parece llena de un líquido negro. El estudiante está concentrado dibujando algo en el suelo, con las tizas. Los labios de David se relajan un momento, casi en una sonrisa. Luego mira a su alrededor, tratando de encontrar algo que pueda servir como arma para equilibrar esa navaja. Ve una barra metálica apoyada contra una estantería, puede que de un armario o algo así, la coje y vuelve a mirar al estudiante. Una sonrisa revolotea cerca de sus labios, pero luego desaparece la expresión de ellos. Sus ojos se fijan en su atacante. |
El estudiante se pone en pie, respira mientras mira alrededor sin ver a David ocultándose en las sombras. Mira su reloj y vuelve a acuclillarse. Echa el líquido de la jeringuilla en la jarra de cerveza y luego la tira cerca de la mochila. Coge la navaja en la mano izquierda y sostiene la jarra en alto con la derecha. Empieza a canturrear de nuevo. Suena a latín, pero a saber qué está diciendo. Lentamente, David se acerca, tratando de mantener el silencio y las sombras a su alrededor. Cuando sólo está a unos metros, el timbre de su móvil delata su posición. | |
El estudiante se gira alertado, pero David reacciona también y se lanza hacia delante levantando la barra como un sable. Antes de que el estudiante acierte a reconocer el peligro recibe un golpe en su cara, ya herida, y se tambalea hacia atrás, dejando caer la jarra en el suelo. El líquido se esparce, pegajoso y sucio. El estudiante alza la navaja, el rostro lleno de furia y miedo, y David usa la ventaja que le da el alcance de la barra para evitar el peligro de la navaja. Un golpe afortunado, un crujido, y el estudiante suelta la navaja. Se agarra la muñeca, dolorido. La ira ha desaparecido de su cara y ahora es el dolor lo que acompaña al miedo. Se encoge, retrociendo lentamente. - ¿¡Por qué me atacaste!? - David golpea de nuevo al estudiante, esta vez en el cuello. Sólo por un movimiento brusco en el último momento éste ha evitado ser acertado en la cabeza, pero ese fallo enfurece a David que le lanza un golpe ascendente a la cara. El estudiante cae, y empieza a arrastrarse boca abajo, pero para David esto no acaba así. Tira la barra a un lado y se lanza sobre él, sentándose sobre sus costillas, cogiendo su cabeza del pelo y golpeando su cara contra el cemento del suelo. Sujeta uno de los brazos del estudiante a su espalda, y pisa su otra mano para que no pueda suavizar los golpes, y entonces vuelve a estrellar su cara contra el suelo. Varias veces. Cuando nota la ausencia de rigidez en su víctima, se levanta, le mira con desprecio y se aleja en silencio. | |
Un hombre entra por la puerta, con gabardina y una linterna en la mano. La luz deslumbra a David, que da un paso hacia atrás, y luego se desliza por el suelo, hasta llegar a un círculo trazado con tiza roja y lleno de letras raras, quizá hebreo. La sangre ha manchado el círculo. - ¿Es tu sangre? - pregunta el tipo de la gabardina - ¡Sí! ¡Sí, es su sangre! - dice el otro estudiante El hombre de la gabardina se acerca al círculo sin quitar sus ojos de los de David, como una serpiente hipnotizando a su presa. Se pone en cuclillas y toca la sangre del círculo. - Te avisé. Si le dejabas usar tu sangre tendría que matarte. - dice, mientras lleva sus dedos manchados a su nariz. Entonces sonríe - Pero no le has dejado. - empieza a reír, como si realmente le agradara o le hiciera gracia, pero no parece el momento adecuado para reír. Se pone en pie y camina tranquilo hacia el estudiante, que retrocede como puede, aún en el suelo. Entonces el hombre extiende la mano y el cuerpo del estudiante parece abalanzarse sobre él, la mano del hombre encaja en su cuello y le levanta del suelo sin dejar de sonreír. A la luz incierta de las farolas el joven parece envejecer ante los ojos de David. La sonrisa del de la gabardina parece contradictoria con el terror de los ojos del antes estudiante, ahora un hombre de unos cuarenta, no, quizá cincuenta años. Sigue envejeciendo hasta que sus ojos se ponen en blanco y sus brazos caen a sus costados. Entonces el hombre de la gabardina le suelta, dejándole caer como un muñeco sobre el cemento del suelo. Camina hasta David. - Buen trabajo - dice con una sonrisa, y luego se sigue alejando - buen trabajo - | |
viernes 21 de agosto de 2009
Un primer paso, pero ¿en qué dirección?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada