El viento frío se arremolina a su alrededor, helando su piel y secando la humedad del mar que sube desde debajo del acantilado. Las olas crean un estruendo grave al golpear contra la base y meterse en las cuevas creadas a fuerza de siglos de desgastar la roca, y luego susurran al volver al mar. Es como la respiración de un gigante que durmiera en plena tormenta.
La hierba se dobla bajo el soplido del viento que llega del océano del norte, parece que las pequeñas flores violeta agacharan la cabeza, protegiéndose de la soledad, del frío...
Las botas protegen los pies de la mujer del frío y la humedad, el forro polar la protege del toque helado del viento, pero el constante acariciar de éste congela sus piernas, tensas para no temblar, y le obliga a cruzar los brazos para proteger sus manos y su pecho. Aprieta la mandíbula para que sus dientes no castañeteen y entrecierra sus ojos, tratando de localizar algo en el mar mientras la luz se debilita, el sol escondiéndose en el horizonte, dificultándole más la visión.
Aún con el sol bajo el mar queda luz en el ambiente que aclara el cielo y degrada lentamente el azul oscuro del este hacia tonos más claros que se vuelven anaranjados, violetas y púrpuras. El tiempo desplaza los colores hasta que el horizonte mezcla el mar con el cielo y la mujer gira sobre sus pies para caminar hacia la aldea. Acaricia un momento con su mano una de las piedras, quizá siglos atrás esa misma piedra protegiera del frío o del viento a otras personas en la misma tierra. Quizá otra mujer se apoyó en ella, buscando una vela en el mar, como ahora ella. Pero es sólo un momento y vuelve a cruzar los brazos por el frío mientras sigue el camino y las sombras se alargan.
Ya no llora. Está demasiado acostumbrada.
Pero le sigue doliendo.
viernes 28 de agosto de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada