Paseo por un mercado hecho de tenderetes en la calle y locales en las casas bajas. Cemento gris, ladrillos rojizos, y un tono como de ceniza caliente en el aire. Paso por el dintel que lleva a la peluquería de la chica. Apenas es una sala vacía, con dos o tres viejos sillones, probablemente sacados de una barbería abandonada. El cuero rojo se ve oscuro y deslustrado, y el aceite ha dejado una marca amarillenta en las junturas que jamás se irá. Su padre y su madre, de cuerpos anchos, pelo negro, piel oscura, están cortando el pelo a dos clientes. Hay una cola formada por muchas personas, muy distintas todas - con edad para ser abuelos, padres, hijos en camino a ser adultos, vestidos con chaquetas grises de lana, bufandas amarillas y verdes apagadas por el uso, chaquetas negras, marrones, pantalones de pana marrón, azul marino, negro, botas, zapatos... - pero muy parecidos en cierto modo. Todos comparten el aire de los que pertenecen a este lugar. No como yo.
"¿Qué estás haciendo aquí?" pienso, y me doy la vuelta para salir de nuevo mientras me pongo el abrigo. Al salir a la calle, a mi derecha, quizá diez metros, está ella, hablando con unas amigas suyas. Su pelo negro recogido en una coleta, piel canela, rostro fino pero fuerte, recuerdo sus ojos negros, sus pestañas cerradas como una noche enmarcándolas.
Giro a la izquierda y giro hasta pasar la esquina. Doblo, y oigo que me llama. Giro para encontrarla frente a mí. Nos saludamos con besos en las mejillas cuando en el pasado eran en los labios, sus labios delgados, de un color rosado oscuro, como la piel de una ciruela. Hablamos un rato. Pregunta cómo he estado, qué he estado haciendo, pero me daría vergüenza contárselo, así que no le digo lo que recuerdo - imágenes de una chica asiática a horcajadas sobre mí, moviéndose sólo con una camiseta, los ojos cerrados, el pelo liso y negro balanceándose lentamente, sin sentimientos por mi parte, sin sentimientos por la suya más que su propio placer físico. Quizá eso sea lo que me avergüence -
De noche, la luna apenas ilumina al pasar por las nubes que se deslizan perezosas en el cielo. Un grupo de mercenarios, no humanos, grandes pero achaparrados, anchos, cabezas gruesas sin pelo, piel gruesa y áspera, bocas enormes y ceños fruncidos, músculos como tendones de animales. El metal negruzco por las batallas se mezcla con el cuero en sus armaduras, con la madera en sus escudos, anchos sables grisáceos cuelgan en sus manos acostumbradas. Caminan serios entre los que parecen templos o tumbas reunidos, edificios como pirámides bajas, con las cimas truncadas. Una de esas tumbas parece encenderse cuando pasan por su lado, la fría luz azul ilumina algunos de sus adornos, semejan ojos y dientes en la entrada, patrones complejamente entrelazados pero geométricamente simples. La pirámide parece girar sobre si misma mientras las paredes exteriores se deslizan y dejan al descubierto una segunda estructura debajo, que se abre a su vez, una puerta como un triángulo truncado deslizándose hacia abajo, revelando negrura. El grupo de guerreros se detiene, pero no sienten miedo, nunca lo han sentido, y si alguna vez lo sintieron, lo desecharon mientras sujetaban sus espadas y avanzaban hacia el combate. Del mismo modo avanzan ahora, decididos a ignorar la muerte, lo desconocido, a avanzar por el camino que elijen sin plantearse nada más. Al entrar, la tumba realiza de nuevo su lento baile, cerrándose. La luz se ha vuelto roja, brillante, como sol a través de cristales de sangre. Parece sonar una voz de mujer en el viento "No sabía que sería así. Me engañaron", aunque la voz sale de la tumba. Mientras se cierra, sale como un aliento de llamas de la puerta - boca en una bocanada y un rugido, luego, como en la siguiente respiración, es como la luz en un prado. La luz roja cambia a azul de nuevo, la hierba cerca del borde de la tumba reverdece y vuelve a la vida, se ilumina levemente, como si se hubiera recuperado algo de la luz de un sol de primavera.
Esta ciudad parece haber pasado por toda una época moderna, un futuro y una decadencia hasta llegar a una segunda edad oscura. Construida con madera y cuero, con azogue y tela rellenando los huecos entre las calles que forman estructuras como pirámides truncadas, marrón oscuro por siglos de arena golpeando durante las tormentas. Todo parece de un tono arcilloso. La chica y yo miramos alrededor, las personas de la ciudad caminan dirigidas a sus propios quehaceres sin preocuparse de nosotros. Hay artesanos y comerciantes, hay tramperos, cazadores, aunque se ven pocos campesinos. El gris, el marrón y el grana es el color predominante, mezclados con el rojizo de tierra arcillosa, que mancha también sus pieles. Algunos parecen bandidos, piratas, saqueadores, caminan pavoneándose, riendo sonoramente. La chica y yo tratamos de disimular que no somos de allí, y salimos con un grupo de gente. Hay mujeres con comida para sus hijos y sus maridos, pero la mayoría son hombres que parecen ir a entrenar como milicia. Cuando cruzamos las murallas de la ciudad, cierran las hojas del grupo portón de acero, oxidado en la superficie pero probablemente aún duro y capaz de resistir a un ejército. Parece un trueno el que resuena cuando nos deja atrás, y da la impresión de que el gris del cielo se cerniera con más intensidad cuando se cierra y desaparece la luz de las antorchas.
De nuevo en la ciudad seguimos tratando de disimular, buscando un sitio sin gente donde hablar en secreto, con calma, con tranquilidad, pero parece que están sospechando algo. Parece que nos encontráramos a la guardia en cada esquina, cada calle a la que salimos, y poco a poco nos vamos quedando acorralados cerca de una de las estructuras piramidales, no muy grande. En la calle unos guardias se dirigen hacia nosotros, al girar la esquina vemos otros tres acercándose mientras nos miran. De algún modo ambos sabemos que nos han descubierto. Cojo la mano de la chica y trepamos por la pirámide, y al llegar arriba, a la zona truncada, las enormes piedras que forman las paredes parecen sacudirse y articularse, abriéndose en un baile lento. Entramos dentro.
El piso es cuadrado, el lado alejado de la entrada lo ocupa por entero una larga mesa de madera sin barnizar, tablones gruesos apenas pulidos. Está cubierta de libros y diagramas, planos, mapas... La chica empieza a leerlos, yo miro las paredes, cubiertas con dibujos de una sociedad en distintas épocas. Los colores parecen anuncios futuristas de hace dos décadas, pero apagados por el polvo y el tiempo. Parecen felices, hay tecnología en todos sitios, incluso unos niños en unos vehículos que flotan sobre un prado verde, quizá por levitación magnética o algo así. Parecen anuncios de un mundo de tecnología punta, que facilita la vida de la gente, que les llena de tiempo para disfrutar con los suyos.
Los gritos de la guardia se oyen en el exterior, dando órdenes a todos. Parece que los ciudadanos que parecían bandidos y piratas, mercenarios, se estén reuniendo en el exterior. Portan sus alfanjes y sus espadas, y no desentonaría una pistola de rueda en sus cintos, pero no la tienen, por suerte. Ponen a algunos a hacer guardia alrededor de la puerta que,aún abierta parece que no se atreven a cruzar y atravesar el corto aunque oscuro túnel que les llevaría hasta nosotros.
La chica se vuelve hacia mí, un libro abierto en las manos, lágrimas en los ojos.
- Perdió a quien amaba por esto. - dice - Prometió que estas cosas nunca llegarían y por eso perdió a quien amaba. Tenemos que destruir esto. -
- ¿Qué tiene de malo? -
- Sin una tecnología para igualar a la gente, el mundo estaba dominado por los espías, los guerreros, los que tenían más fuerza que los demás y la usaban para dominarles. -
Sé que necesitará tiempo, fuera se ha reunido un grupo dispuesto a atacar, discuten cómo hacerlo, el orden de marcha, la táctica. La chica, como si no les oyera, empieza a amontonar libros y diagramas en una esquina de la habitación, les prende fuego y va a por más para seguir alimentando las llamas. Yo escucho lo que dicen, se están envalentonando para el ataque, desenvaino mi espada. Es ligera, similar a un alfanje pero algo más recto, cojo aire y salgo. Avanzo un paso frente a la entrada, atravesando por la espalda al que estaba allí y degollando después a los que estaban a los lados, montando guardia, con las manos confiadamente en el cinturón, disciplentes. Lo hago antes de que reaccionen y retrocedo de espaldas al túnel de entrada, para tenerles de uno en uno. Responden al ataque, hay varios y van cayendo, pero al caer uno el siguiente ocupa su lugar, presionado por los que están detrás.
Algunos tienen más aguante, más habilidad. Uno viste como un pirata, de negro, oro y rojo, largo bigote gris con las puntas retorcidas, una enorme pluma roja en el sombrero negro. También es bueno en esgrima, pero para entonces ya he cogido el arma de uno al que acababa de atravesar el cuello, y con una espada en cada mano es más fácil enfrentarse a una sola. Mientras presume de lo buen espadachín que es, uso la izquierda para alejar su espada y la derecha para clavarla en su cuello. Noto cierta resistencia, pero hago más presión, como si la hiciera con la mente y la voluntad, y la hundo, matándole. Mientras siguen atacando, cada uno que cae deja a otro su puesto, mi cabeza intenta pensar cuál es el sistema, cómo se decide quién mata y quién muere, y entonces pienso que es voluntad, nada más. Y el pensarlo me da fuerza y aumenta mi decisión. Estoy dedicando toda mi voluntad a eso. Hay más huecos entre ellos, llega uno bajo, de metro y medio quizá pero ancho de torso, vestido de azul y blanco, con largos guantes de cuero amarillo. "Yo uso la técnica sin armas", dice, poniéndose en guardia, las manos abiertas, pero yo, lamentando esto hundo mi espada en su cuello, la luz se extingue en sus ojos. Cuando se retiran, yo lo hago también, pero cierran un portón de madera en la puerta y pasan una barra metálica para asegurarlo. Hay rendijas entre los tablones, parece que lo hubieran hecho con prisa, y deja casi un pie hasta el suelo. El que lo ha cerrado es pequeño, quizá un metro, pelo canoso y escaso, nariz enorme, piel oscura de suciedad, como su ropa, que en un día pudo ser una camisa blanca y calzas y chaleco grana, pero que hoy está grisáceo por el tiempo y el uso, y la escasez de agua. Parece un gnomo. Me echa un vistazo a través de las rendijas de la puerta y dice, sin furia, quizá incluso pesar:
- Por la mañana volverán, entrarán y os sacarán. Os van a colgar de los huevos y luego os matarán. - Durante un momento pienso que en todo caso me colgarán a mí, a la chica tendrán que conformarse con matarla, pero luego tengo una visión de su mujer y sus hijos, sanos, sonrientes. Sus hijos llenos de vida, su mujer trabajadora y dura. Una familia de la que cualquiera podría sentirse orgulloso, y lágrimas de pérdida llegan a mis ojos. Unos sollozos suben por mi garganta, pero trago la tristeza mientras vuelvo a entrar. Las lágrimas resbalan por mis mejillas mientras digo, a la chica porque es la única otra persona que hay
- Perdió a su familia. Él también la perdió por esto. - Recojo los últimos papeles del suelo mientras lo digo y los pongo en el fuego que se va apagando, tratando de aprovechar los últimos rescoldos. El humo ha manchado la cara de la chica, pero nos sentamos en el suelo. Me apoyo en una de las patas de la mesa y ella entre mis brazos, apoyada contra mi pierna. Las espadas las tengo de nuevo en las manos.
Estamos esperando.
"¿Qué estás haciendo aquí?" pienso, y me doy la vuelta para salir de nuevo mientras me pongo el abrigo. Al salir a la calle, a mi derecha, quizá diez metros, está ella, hablando con unas amigas suyas. Su pelo negro recogido en una coleta, piel canela, rostro fino pero fuerte, recuerdo sus ojos negros, sus pestañas cerradas como una noche enmarcándolas.
Giro a la izquierda y giro hasta pasar la esquina. Doblo, y oigo que me llama. Giro para encontrarla frente a mí. Nos saludamos con besos en las mejillas cuando en el pasado eran en los labios, sus labios delgados, de un color rosado oscuro, como la piel de una ciruela. Hablamos un rato. Pregunta cómo he estado, qué he estado haciendo, pero me daría vergüenza contárselo, así que no le digo lo que recuerdo - imágenes de una chica asiática a horcajadas sobre mí, moviéndose sólo con una camiseta, los ojos cerrados, el pelo liso y negro balanceándose lentamente, sin sentimientos por mi parte, sin sentimientos por la suya más que su propio placer físico. Quizá eso sea lo que me avergüence -
De noche, la luna apenas ilumina al pasar por las nubes que se deslizan perezosas en el cielo. Un grupo de mercenarios, no humanos, grandes pero achaparrados, anchos, cabezas gruesas sin pelo, piel gruesa y áspera, bocas enormes y ceños fruncidos, músculos como tendones de animales. El metal negruzco por las batallas se mezcla con el cuero en sus armaduras, con la madera en sus escudos, anchos sables grisáceos cuelgan en sus manos acostumbradas. Caminan serios entre los que parecen templos o tumbas reunidos, edificios como pirámides bajas, con las cimas truncadas. Una de esas tumbas parece encenderse cuando pasan por su lado, la fría luz azul ilumina algunos de sus adornos, semejan ojos y dientes en la entrada, patrones complejamente entrelazados pero geométricamente simples. La pirámide parece girar sobre si misma mientras las paredes exteriores se deslizan y dejan al descubierto una segunda estructura debajo, que se abre a su vez, una puerta como un triángulo truncado deslizándose hacia abajo, revelando negrura. El grupo de guerreros se detiene, pero no sienten miedo, nunca lo han sentido, y si alguna vez lo sintieron, lo desecharon mientras sujetaban sus espadas y avanzaban hacia el combate. Del mismo modo avanzan ahora, decididos a ignorar la muerte, lo desconocido, a avanzar por el camino que elijen sin plantearse nada más. Al entrar, la tumba realiza de nuevo su lento baile, cerrándose. La luz se ha vuelto roja, brillante, como sol a través de cristales de sangre. Parece sonar una voz de mujer en el viento "No sabía que sería así. Me engañaron", aunque la voz sale de la tumba. Mientras se cierra, sale como un aliento de llamas de la puerta - boca en una bocanada y un rugido, luego, como en la siguiente respiración, es como la luz en un prado. La luz roja cambia a azul de nuevo, la hierba cerca del borde de la tumba reverdece y vuelve a la vida, se ilumina levemente, como si se hubiera recuperado algo de la luz de un sol de primavera.
Esta ciudad parece haber pasado por toda una época moderna, un futuro y una decadencia hasta llegar a una segunda edad oscura. Construida con madera y cuero, con azogue y tela rellenando los huecos entre las calles que forman estructuras como pirámides truncadas, marrón oscuro por siglos de arena golpeando durante las tormentas. Todo parece de un tono arcilloso. La chica y yo miramos alrededor, las personas de la ciudad caminan dirigidas a sus propios quehaceres sin preocuparse de nosotros. Hay artesanos y comerciantes, hay tramperos, cazadores, aunque se ven pocos campesinos. El gris, el marrón y el grana es el color predominante, mezclados con el rojizo de tierra arcillosa, que mancha también sus pieles. Algunos parecen bandidos, piratas, saqueadores, caminan pavoneándose, riendo sonoramente. La chica y yo tratamos de disimular que no somos de allí, y salimos con un grupo de gente. Hay mujeres con comida para sus hijos y sus maridos, pero la mayoría son hombres que parecen ir a entrenar como milicia. Cuando cruzamos las murallas de la ciudad, cierran las hojas del grupo portón de acero, oxidado en la superficie pero probablemente aún duro y capaz de resistir a un ejército. Parece un trueno el que resuena cuando nos deja atrás, y da la impresión de que el gris del cielo se cerniera con más intensidad cuando se cierra y desaparece la luz de las antorchas.
De nuevo en la ciudad seguimos tratando de disimular, buscando un sitio sin gente donde hablar en secreto, con calma, con tranquilidad, pero parece que están sospechando algo. Parece que nos encontráramos a la guardia en cada esquina, cada calle a la que salimos, y poco a poco nos vamos quedando acorralados cerca de una de las estructuras piramidales, no muy grande. En la calle unos guardias se dirigen hacia nosotros, al girar la esquina vemos otros tres acercándose mientras nos miran. De algún modo ambos sabemos que nos han descubierto. Cojo la mano de la chica y trepamos por la pirámide, y al llegar arriba, a la zona truncada, las enormes piedras que forman las paredes parecen sacudirse y articularse, abriéndose en un baile lento. Entramos dentro.
El piso es cuadrado, el lado alejado de la entrada lo ocupa por entero una larga mesa de madera sin barnizar, tablones gruesos apenas pulidos. Está cubierta de libros y diagramas, planos, mapas... La chica empieza a leerlos, yo miro las paredes, cubiertas con dibujos de una sociedad en distintas épocas. Los colores parecen anuncios futuristas de hace dos décadas, pero apagados por el polvo y el tiempo. Parecen felices, hay tecnología en todos sitios, incluso unos niños en unos vehículos que flotan sobre un prado verde, quizá por levitación magnética o algo así. Parecen anuncios de un mundo de tecnología punta, que facilita la vida de la gente, que les llena de tiempo para disfrutar con los suyos.
Los gritos de la guardia se oyen en el exterior, dando órdenes a todos. Parece que los ciudadanos que parecían bandidos y piratas, mercenarios, se estén reuniendo en el exterior. Portan sus alfanjes y sus espadas, y no desentonaría una pistola de rueda en sus cintos, pero no la tienen, por suerte. Ponen a algunos a hacer guardia alrededor de la puerta que,aún abierta parece que no se atreven a cruzar y atravesar el corto aunque oscuro túnel que les llevaría hasta nosotros.
La chica se vuelve hacia mí, un libro abierto en las manos, lágrimas en los ojos.
- Perdió a quien amaba por esto. - dice - Prometió que estas cosas nunca llegarían y por eso perdió a quien amaba. Tenemos que destruir esto. -
- ¿Qué tiene de malo? -
- Sin una tecnología para igualar a la gente, el mundo estaba dominado por los espías, los guerreros, los que tenían más fuerza que los demás y la usaban para dominarles. -
Sé que necesitará tiempo, fuera se ha reunido un grupo dispuesto a atacar, discuten cómo hacerlo, el orden de marcha, la táctica. La chica, como si no les oyera, empieza a amontonar libros y diagramas en una esquina de la habitación, les prende fuego y va a por más para seguir alimentando las llamas. Yo escucho lo que dicen, se están envalentonando para el ataque, desenvaino mi espada. Es ligera, similar a un alfanje pero algo más recto, cojo aire y salgo. Avanzo un paso frente a la entrada, atravesando por la espalda al que estaba allí y degollando después a los que estaban a los lados, montando guardia, con las manos confiadamente en el cinturón, disciplentes. Lo hago antes de que reaccionen y retrocedo de espaldas al túnel de entrada, para tenerles de uno en uno. Responden al ataque, hay varios y van cayendo, pero al caer uno el siguiente ocupa su lugar, presionado por los que están detrás.
Algunos tienen más aguante, más habilidad. Uno viste como un pirata, de negro, oro y rojo, largo bigote gris con las puntas retorcidas, una enorme pluma roja en el sombrero negro. También es bueno en esgrima, pero para entonces ya he cogido el arma de uno al que acababa de atravesar el cuello, y con una espada en cada mano es más fácil enfrentarse a una sola. Mientras presume de lo buen espadachín que es, uso la izquierda para alejar su espada y la derecha para clavarla en su cuello. Noto cierta resistencia, pero hago más presión, como si la hiciera con la mente y la voluntad, y la hundo, matándole. Mientras siguen atacando, cada uno que cae deja a otro su puesto, mi cabeza intenta pensar cuál es el sistema, cómo se decide quién mata y quién muere, y entonces pienso que es voluntad, nada más. Y el pensarlo me da fuerza y aumenta mi decisión. Estoy dedicando toda mi voluntad a eso. Hay más huecos entre ellos, llega uno bajo, de metro y medio quizá pero ancho de torso, vestido de azul y blanco, con largos guantes de cuero amarillo. "Yo uso la técnica sin armas", dice, poniéndose en guardia, las manos abiertas, pero yo, lamentando esto hundo mi espada en su cuello, la luz se extingue en sus ojos. Cuando se retiran, yo lo hago también, pero cierran un portón de madera en la puerta y pasan una barra metálica para asegurarlo. Hay rendijas entre los tablones, parece que lo hubieran hecho con prisa, y deja casi un pie hasta el suelo. El que lo ha cerrado es pequeño, quizá un metro, pelo canoso y escaso, nariz enorme, piel oscura de suciedad, como su ropa, que en un día pudo ser una camisa blanca y calzas y chaleco grana, pero que hoy está grisáceo por el tiempo y el uso, y la escasez de agua. Parece un gnomo. Me echa un vistazo a través de las rendijas de la puerta y dice, sin furia, quizá incluso pesar:
- Por la mañana volverán, entrarán y os sacarán. Os van a colgar de los huevos y luego os matarán. - Durante un momento pienso que en todo caso me colgarán a mí, a la chica tendrán que conformarse con matarla, pero luego tengo una visión de su mujer y sus hijos, sanos, sonrientes. Sus hijos llenos de vida, su mujer trabajadora y dura. Una familia de la que cualquiera podría sentirse orgulloso, y lágrimas de pérdida llegan a mis ojos. Unos sollozos suben por mi garganta, pero trago la tristeza mientras vuelvo a entrar. Las lágrimas resbalan por mis mejillas mientras digo, a la chica porque es la única otra persona que hay
- Perdió a su familia. Él también la perdió por esto. - Recojo los últimos papeles del suelo mientras lo digo y los pongo en el fuego que se va apagando, tratando de aprovechar los últimos rescoldos. El humo ha manchado la cara de la chica, pero nos sentamos en el suelo. Me apoyo en una de las patas de la mesa y ella entre mis brazos, apoyada contra mi pierna. Las espadas las tengo de nuevo en las manos.
Estamos esperando.
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