Hacía tiempo que no se sentía tan aburrido, tan apático. La cara apoyada en una mano mientras la otra manejaba el ratón. Había pasado las últimas dos horas deambulando por internet, yendo de un enlace a otro. Su cuerpo parecía sostenerse más por la costumbre que por voluntad mientras las páginas se sucedían. Un click más, y durante un instante la pantalla cambio por completo, fondo negro y nombres escritos en blanco, antes de mostrar una página de venta por internet. Sus ojos eran los únicos que habían cambiado, más abiertos. Lentamente su cuerpo recuperó la postura, su cabeza dejó de reposar sobre su mano mientras su espalda dibujaba una línea acercando su rostro a la pantalla. Había sucedido, seguro. Un montón de nombres. Y en una letra más grande, en el centro, su propio nombre.
Ha sido el cansancio pensó. No puede ser.
Pero si ha ocurrido de verdad... ¿Cómo? ¿Qué significará?
Pulso el botón de retroceso en el navegador para intentar de que se cargara de nuevo aquel flash de nombres, pero salió la página anterior, la de resultados de google de tiendas en línea para comprar un nuevo ordenador. Pulsó de nuevo el mismo link, pero no ocurrió de nuevo el flash. Cerró y volvió a abrir el navegador, incluso reinició el ordenador, pero fue inútil.
Nada. Podría ser un efecto aleatorio, o uno que dependiera de la hora. Podría ser una broma de Google, tampoco sería la primera vez que hacían gala de su sentido del humor, pero no tenía pinta de ser una broma Google. Esas son más algo para que vayan de boca en boca, que no haya duda de que sean de google... Pero entonces, ¿qué ha ocurrido?
Oyó abrirse la puerta del apartamento que compartía con su padre. Habría llegado. El muchacho maniobró con su silla de ruedas con naturalidad, abrió la puerta de su habitación y asomó la cabeza
- Hola, papá -
- Hola, Daniel. ¿Qué tal el día? -
- Bien, papá. -
- Voy a darme una ducha y luego preparamos la cena, ¿te parece? -
- Claro, papá. -
Daniel casi no iba a clase. Su padre pasaba en el trabajo la mayor parte del día, haciendo horas extra si podía. Daniel prefería estudiar en casa. No sólo estaba más cómodo, sino que las matemáticas y todo lo que se basara en ellas le resultaba fácil. Tanto que no necesitaba profesores si tenía buenos libros. Y había buenos libros. De vez en cuando iba a la biblioteca de la universidad para devolver los libros leídos y coger otros, aprovechaba para hablar con algún profesor o con algún compañero y comprobar si había algo distinto en la bibliografía. Era su vida. A veces pensaba de qué valía poder entender todas esas cosas - álgebra, matemáticas, física, modelos de programación... - cuando ni siquiera era capaz de utilizar sus propias piernas. Cuando era pequeño su padre tuvo un accidente conduciendo. Su madre murió. La espalda de Daniel se quebró. Si hubiera seguido en el coche no habría ocurrido nada, los médicos le habrían enyesado y se habría curado. Nunca habría sido un deportista, pero habría podido caminar. Pero su padre creyó que el coche iba a explotar, así que cogió a su hijo y su mujer como pudo y los sacó del coche. Daniel le imaginaba sujetándole con un brazo junto a su pecho mientras con el otro brazo rodeaba el cuerpo de su madre y trataba de arrastrarles lejos del coche destrozado. Pero el coche no estalló. Julia, la madre de Daniel, ya estaba muerta. Daniel no volvería a caminar. Nunca recordó el accidente. Su padre se lo contó una noche, borracho de whisky. No recordaba haberle visto llorar ninguna otra vez. Al día siguiente no parecía recordarlo, así que Daniel no sacó el tema, pero tampoco pudo olvidarlo.
A veces a Daniel, cuando estaba cansado, le sobrevenía la desesperación de saber que por buenas notas que pudiera sacar - que tampoco eran tan buenas, no era ningún genio - nunca tendría una vida realmente independiente. Cuando llegaban esos momentos se conectaba a su ordenador y se dejaba en una especie de piloto automático de navegación. Justo como esa tarde, hasta que había surgido esa imagen de nombres rodeando el suyo. Aún seguía pensando en ello cuando su padre salió de la ducha y le llamó para hacer la cena entre ambos. Daniel suponía que su padre lo hacía así para no hacerle sentir como un tullido. También pensaba que en parte así su padre combatía el sentimiento de culpabilidad. Después de la cena volvió a su habitación, cerró la puerta, y regreso frente a la pantalla. Ahí podía olvidarse de sus piernas inmóviles, así que pasaba horas delante de ella. A través del enchufe de la pared podía conectar con otros lugares del mundo, todo sin salir de su habitación. Los ordenadores e internet le daban una vida virtual para sustituir la real. A veces le maravillaba la inmensa complejidad de las redes de comunicaciones que permitía eso, en su cabeza sentía la estructura de estructuras que la formaban, y luego se concentraba en una y la veía tan claramente como en sus apuntes. Se le daban bien estas cosas - la abstracción, la modularización, la división y composición de modelos de pensamiento, de estructuras - todo el mundo era así, en cierto modo.
Apareció un mensaje de confirmación del messenger. Alguien había agregado su dirección. Daniel, por costumbre, aceptaba todas estas solicitudes. Algunos hablaban, otros no, otros escribían, pero no hace daño. En el peor de los casos, sólo tienes que darle a "No admitir" y apartarías el problema de un pesado, un loco, o quien fuera. En cuanto pulsó el botón de Aceptar se abrió la ventana de conversación.
Ha sido el cansancio pensó. No puede ser.
Pero si ha ocurrido de verdad... ¿Cómo? ¿Qué significará?
Pulso el botón de retroceso en el navegador para intentar de que se cargara de nuevo aquel flash de nombres, pero salió la página anterior, la de resultados de google de tiendas en línea para comprar un nuevo ordenador. Pulsó de nuevo el mismo link, pero no ocurrió de nuevo el flash. Cerró y volvió a abrir el navegador, incluso reinició el ordenador, pero fue inútil.
Nada. Podría ser un efecto aleatorio, o uno que dependiera de la hora. Podría ser una broma de Google, tampoco sería la primera vez que hacían gala de su sentido del humor, pero no tenía pinta de ser una broma Google. Esas son más algo para que vayan de boca en boca, que no haya duda de que sean de google... Pero entonces, ¿qué ha ocurrido?
Oyó abrirse la puerta del apartamento que compartía con su padre. Habría llegado. El muchacho maniobró con su silla de ruedas con naturalidad, abrió la puerta de su habitación y asomó la cabeza
- Hola, papá -
- Hola, Daniel. ¿Qué tal el día? -
- Bien, papá. -
- Voy a darme una ducha y luego preparamos la cena, ¿te parece? -
- Claro, papá. -
Daniel casi no iba a clase. Su padre pasaba en el trabajo la mayor parte del día, haciendo horas extra si podía. Daniel prefería estudiar en casa. No sólo estaba más cómodo, sino que las matemáticas y todo lo que se basara en ellas le resultaba fácil. Tanto que no necesitaba profesores si tenía buenos libros. Y había buenos libros. De vez en cuando iba a la biblioteca de la universidad para devolver los libros leídos y coger otros, aprovechaba para hablar con algún profesor o con algún compañero y comprobar si había algo distinto en la bibliografía. Era su vida. A veces pensaba de qué valía poder entender todas esas cosas - álgebra, matemáticas, física, modelos de programación... - cuando ni siquiera era capaz de utilizar sus propias piernas. Cuando era pequeño su padre tuvo un accidente conduciendo. Su madre murió. La espalda de Daniel se quebró. Si hubiera seguido en el coche no habría ocurrido nada, los médicos le habrían enyesado y se habría curado. Nunca habría sido un deportista, pero habría podido caminar. Pero su padre creyó que el coche iba a explotar, así que cogió a su hijo y su mujer como pudo y los sacó del coche. Daniel le imaginaba sujetándole con un brazo junto a su pecho mientras con el otro brazo rodeaba el cuerpo de su madre y trataba de arrastrarles lejos del coche destrozado. Pero el coche no estalló. Julia, la madre de Daniel, ya estaba muerta. Daniel no volvería a caminar. Nunca recordó el accidente. Su padre se lo contó una noche, borracho de whisky. No recordaba haberle visto llorar ninguna otra vez. Al día siguiente no parecía recordarlo, así que Daniel no sacó el tema, pero tampoco pudo olvidarlo.
A veces a Daniel, cuando estaba cansado, le sobrevenía la desesperación de saber que por buenas notas que pudiera sacar - que tampoco eran tan buenas, no era ningún genio - nunca tendría una vida realmente independiente. Cuando llegaban esos momentos se conectaba a su ordenador y se dejaba en una especie de piloto automático de navegación. Justo como esa tarde, hasta que había surgido esa imagen de nombres rodeando el suyo. Aún seguía pensando en ello cuando su padre salió de la ducha y le llamó para hacer la cena entre ambos. Daniel suponía que su padre lo hacía así para no hacerle sentir como un tullido. También pensaba que en parte así su padre combatía el sentimiento de culpabilidad. Después de la cena volvió a su habitación, cerró la puerta, y regreso frente a la pantalla. Ahí podía olvidarse de sus piernas inmóviles, así que pasaba horas delante de ella. A través del enchufe de la pared podía conectar con otros lugares del mundo, todo sin salir de su habitación. Los ordenadores e internet le daban una vida virtual para sustituir la real. A veces le maravillaba la inmensa complejidad de las redes de comunicaciones que permitía eso, en su cabeza sentía la estructura de estructuras que la formaban, y luego se concentraba en una y la veía tan claramente como en sus apuntes. Se le daban bien estas cosas - la abstracción, la modularización, la división y composición de modelos de pensamiento, de estructuras - todo el mundo era así, en cierto modo.
Apareció un mensaje de confirmación del messenger. Alguien había agregado su dirección. Daniel, por costumbre, aceptaba todas estas solicitudes. Algunos hablaban, otros no, otros escribían, pero no hace daño. En el peor de los casos, sólo tienes que darle a "No admitir" y apartarías el problema de un pesado, un loco, o quien fuera. En cuanto pulsó el botón de Aceptar se abrió la ventana de conversación.
Winged dice: Hola Archangel dice: Hola. ¿Quién eres? Winged dice: Winged :P Archangel dice: XDD Eso lo suponía, pero es que no reconozco tu email Winged dice: Un email no identifica a nadie, en realidad no? Podría estar usando el email de otra persona que me hubiera dicho su contraseña Archangel dice: Pero si por eso fuera, yo también podría no ser quien crees Winged dice: exacto, así que los nombres en realidad no valen para nada, no? no somos un nombre, después de todo. Sino otra cosa. Si los nombres fueran intransferibles, si identificarán unívocamente a una persona... pero qué identifica unívocamente a una persona? Archangel dice: El adn Archangel dice: a menos que sea el adn de dos gemelos o algo así Winged dice: Y de todos modos habría que interpretar el ADN. Además, en casos como el de los gemelos, habrían crecido de formas distintas. Aún con el mismo ADN, una diferencia en las hormonas que recibe cada uno, en la posición dentro del útero, puede crear un punto de inflexión cuya diferencia vaya acentuándose con la edad, con lo que el ADN sólo no bastará para identificarles. Tienes que simplificar de algún modo. Así que, de momento, tú eres tú y yo soy yo. Y eso es todo cuando podemos decir. Tu sabes que te entenderé si dices "Winged esto y lo otro" y tú sabes que me entenderás si digo "Archangel esto y aquello" Archangel dice: ok Winged dice: No te parece maravilloso poder flexionar así la mente? Sacarla del curso habitual de sus pensamientos? Archangel dice: Sí Archangel dice: Pero si todos actuáramos de acuerdo a la realidad completa no podríamos entender nada. Es como un ordenador. Sabes de ordenadores? Winged dice: Sí Archangel dice: Pues imagina que tratáramos de entender un flujo de bits, en sí mismo. No podemos. Los organizamos en bytes, en dobles bytes, en palabras, en cadenas... Usamos intérpretes para que ese flujo de bits podamos verlo en la pantalla, como una imagen. Modularizar es necesario. Winged dice: Tienes razón. Modularizar es necesario, pero entender que es una modularización, que es un modo de ver la realidad y no la propia realidad también es necesario. Winged dice: Pero es interesante esa analogía entre ordenadores y el mundo real. Imagina el mundo como un programa. Como el resultado de un lenguaje de programación. Imagina que algo como un flujo de datos interpretados por un sistema es lo que crea, y hace que percibamos, desde las cosas más físicas como la materia, un coche, etc hasta las más abstractas, como el propio conocimiento, pasando por la física. Los juegos también programan sus motores de física, así que no es tan difícil de imaginar. Hay sistemas expertos, sistemas capaces de cierto "aprendizaje" limitado más por su tamaño que por la potencia del paradigma de programación que se usa. Sistemas expertos, sistemas de clasificación, redes neuronales... Winged dice: Ahora imagina si alguien pudiera ver ese código y entenderlo. Archangel dice: Podría entender el mundo. Archangel dice: Podría hacer descubrimientos que aún no se han hecho, porque sabría cómo buscar en ese código. Winged dice: Muy bien. Y si pudiera modificar el código? Archangel dice: Hombre, pues podría modificar el mundo. Winged dice: o la forma en que funciona. Archangel dice: Pues sí. Pero es sólo una analogía, el mundo no es un programa. Winged dice: Eso crees? Winged dice: Ahora tengo que irme, pero piensa en ello |
La ventana cambió, mostrando un mensaje: "Winged aparece como No conectado. Recibirá los mensajes que envíe la próxima vez que inicie sesión"
Daniel apagó el ordenador despacio,
¡Qué tontería! ¿Que piense en ello? ¡Qué tontería!
Daniel abrió las sábanas, y luego usó sus brazos para pasar de la silla de ruedas a la cama, para meter sus piernas insensibles bajo la manta, y luego para taparse.
Cerró los ojos, pero a pesar de todo no podía dejar de pensar en las posibilidades de alguien que viera ese código.
Si es así, dios sería el mejor programador del mundo.
Literalmente
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