Las noches refrescaban ya, se acercaba el otoño y lo hacía sin avisar, como de costumbre en esa ciudad. ¿Podría haber algo más normal, más fácilmente ignorable, que esta pareja paseando por la calle? El trabajo, los exámenes, todo eso se había apartado discretamente, dejándose olvidar, permitiendo a estos dos jóvenes la libertad para disfrutar de estos momentos.
Minutos antes habían hablado de la atracción que cada uno sentía hacia el otro, pero no caminaban de la mano, no hablaban como novios, no actuaban como una pareja. Hablaban como amigos, de opiniones, de anécdotas, de vivencias, algunas propias y otras oídas de boca de amigos o familiares. Hablaban por conocerse, hablando y escuchando. ¿Qué más puede pedirse en una conversación, que ser escuchado con atención, y poder escuchar con atención?
Paso a paso, en un paseo relajado, subían por la calle que les llevaba a la despedida. Probablemente ninguno de ellos quería que llegara tan pronto, porque se acercaron a un banco que había en la calle, directamente frente al escaparate de una tienda de ropa, como si algún concejal, ligeramente desequilibrado, hubiera considerado que era mejor colocar bancos en una calle así, que dejar espacio libre para que la gente pasara. Seguro que en algún momento, estos dos chicos dan gracias en su interior por este detalle, este banco, aparentemente fuera de lugar.
Sentados en las tablas de madera, la chica usa su chaqueta para taparse. Hace frío si no estás andando, al fin y al cabo. Pero quizá desde fuera parece todo parte de un pequeño baile. Probablemente tan repetido en películas, en libros, en la propia vida, que ya deja de ser novedad. Todo el mundo sabe cómo acaba, pero eso no le quita interés. Nos hemos perdido lo que se han dicho en estos segundos, pero parece más importante que el chico está rodeando los hombros de la chica con su brazo, y ella se recuesta en él.
Es quizá un impulso, quizá algo planeado, quizá algo que deseaba y que no ha reprimido, llegada la ocasión. Un primer beso sobre la frente. Unos segundos que se alargan mientras ambos descansan así, en silencio, los ojos cerrados, para que las imágenes no distraigan de las sensaciones sobre su piel. De las sensaciones bajo ésta.
Respiraciones lentas, el olor del pelo, el olor de la piel, de la cara. Muy leves en el frío del aire, pero de algún modo reconfortantes.
Llega otro beso, como una segunda gota de agua que cae, convirtiendo la casualidad de la primera en señal clara de una lluvia acercándose. Y finalmente los besos encuentran los labios. Ya no llegan uno tras otro, sino que se unen en un continuo, quitando, si no la existencia, la importancia de todo lo demás, dejando sólo sus rostros, sus labios, sus lenguas, su respiración… Sólo los abrazos puntean y pausan ese estado, como una melodía en la que poco a poco se unieran instrumentos, los brazos y las manos se unen a la acción. Se abrazan con fuerza, con necesidad uno del otro. El chico parece estar conteniéndose, dividido entre no querer hacer daño apretando el cuerpo de la chica, y el deseo de transmitir lo que siente a través de sus manos, sus dedos, el deseo de acercarse más de lo que permiten los límites de su propia piel, como si estar pegados fuera estar demasiado lejos. La sensación de los dedos sobre la espalda del otro, su columna, el espacio protegido donde guardan los pulmones y el corazón, según los médicos. Los sentimientos y el instinto, según el resto. Acariciando sus caras, el cuello, la delicada piel que hace de frontera entre la nuca, el hueco de la mandíbula, la oreja… Las sensaciones de sus lenguas acariciándose entre sí, acariciando los labios, los dientes atrapando los labios como en un juego, sus bocas diciendo lo que sienten, sin necesidad de un idioma, sin posibilidad de traducirlo a ninguno… Los largos abrazos que no se hacen cortos ni largos, sino que siempre duran lo mismo: lo que necesitan durar…
Ambos comparten la necesidad y el deseo, pero también comparten la esclavitud frente al tiempo, que avanza sin decir nada, pero sabiendo que está todo dicho. Se ponen en pie y caminan pausados, sin prisa, pero acercándose poco a poco al sitio donde ambos saben que tendrá lugar la despedida. Ahora sí caminan de la mano, ahora hablan menos, aunque no se sienten menos unidos, sino quizá más. No es el final de una película, es el principio de otro viaje, otro camino. El nacimiento de un nuevo hecho, una nueva circunstancia, disponiéndose a cambiar lo que estaba previsto.
Se despiden largamente, abrazados, rozando la piel del otro. A gusto con la sensación. Se separan. Al día siguiente hay más trabajo, hay deberes y pruebas que superar a tan solo unas horas de distancia, pero eso no tiene importancia ahora. Importa lo que acaba de ocurrir. Importa cómo crecerá…
Importa como lo vivirán a partir de ahora.
Minutos antes habían hablado de la atracción que cada uno sentía hacia el otro, pero no caminaban de la mano, no hablaban como novios, no actuaban como una pareja. Hablaban como amigos, de opiniones, de anécdotas, de vivencias, algunas propias y otras oídas de boca de amigos o familiares. Hablaban por conocerse, hablando y escuchando. ¿Qué más puede pedirse en una conversación, que ser escuchado con atención, y poder escuchar con atención?
Paso a paso, en un paseo relajado, subían por la calle que les llevaba a la despedida. Probablemente ninguno de ellos quería que llegara tan pronto, porque se acercaron a un banco que había en la calle, directamente frente al escaparate de una tienda de ropa, como si algún concejal, ligeramente desequilibrado, hubiera considerado que era mejor colocar bancos en una calle así, que dejar espacio libre para que la gente pasara. Seguro que en algún momento, estos dos chicos dan gracias en su interior por este detalle, este banco, aparentemente fuera de lugar.
Sentados en las tablas de madera, la chica usa su chaqueta para taparse. Hace frío si no estás andando, al fin y al cabo. Pero quizá desde fuera parece todo parte de un pequeño baile. Probablemente tan repetido en películas, en libros, en la propia vida, que ya deja de ser novedad. Todo el mundo sabe cómo acaba, pero eso no le quita interés. Nos hemos perdido lo que se han dicho en estos segundos, pero parece más importante que el chico está rodeando los hombros de la chica con su brazo, y ella se recuesta en él.
Es quizá un impulso, quizá algo planeado, quizá algo que deseaba y que no ha reprimido, llegada la ocasión. Un primer beso sobre la frente. Unos segundos que se alargan mientras ambos descansan así, en silencio, los ojos cerrados, para que las imágenes no distraigan de las sensaciones sobre su piel. De las sensaciones bajo ésta.
Respiraciones lentas, el olor del pelo, el olor de la piel, de la cara. Muy leves en el frío del aire, pero de algún modo reconfortantes.
Llega otro beso, como una segunda gota de agua que cae, convirtiendo la casualidad de la primera en señal clara de una lluvia acercándose. Y finalmente los besos encuentran los labios. Ya no llegan uno tras otro, sino que se unen en un continuo, quitando, si no la existencia, la importancia de todo lo demás, dejando sólo sus rostros, sus labios, sus lenguas, su respiración… Sólo los abrazos puntean y pausan ese estado, como una melodía en la que poco a poco se unieran instrumentos, los brazos y las manos se unen a la acción. Se abrazan con fuerza, con necesidad uno del otro. El chico parece estar conteniéndose, dividido entre no querer hacer daño apretando el cuerpo de la chica, y el deseo de transmitir lo que siente a través de sus manos, sus dedos, el deseo de acercarse más de lo que permiten los límites de su propia piel, como si estar pegados fuera estar demasiado lejos. La sensación de los dedos sobre la espalda del otro, su columna, el espacio protegido donde guardan los pulmones y el corazón, según los médicos. Los sentimientos y el instinto, según el resto. Acariciando sus caras, el cuello, la delicada piel que hace de frontera entre la nuca, el hueco de la mandíbula, la oreja… Las sensaciones de sus lenguas acariciándose entre sí, acariciando los labios, los dientes atrapando los labios como en un juego, sus bocas diciendo lo que sienten, sin necesidad de un idioma, sin posibilidad de traducirlo a ninguno… Los largos abrazos que no se hacen cortos ni largos, sino que siempre duran lo mismo: lo que necesitan durar…
Ambos comparten la necesidad y el deseo, pero también comparten la esclavitud frente al tiempo, que avanza sin decir nada, pero sabiendo que está todo dicho. Se ponen en pie y caminan pausados, sin prisa, pero acercándose poco a poco al sitio donde ambos saben que tendrá lugar la despedida. Ahora sí caminan de la mano, ahora hablan menos, aunque no se sienten menos unidos, sino quizá más. No es el final de una película, es el principio de otro viaje, otro camino. El nacimiento de un nuevo hecho, una nueva circunstancia, disponiéndose a cambiar lo que estaba previsto.
Se despiden largamente, abrazados, rozando la piel del otro. A gusto con la sensación. Se separan. Al día siguiente hay más trabajo, hay deberes y pruebas que superar a tan solo unas horas de distancia, pero eso no tiene importancia ahora. Importa lo que acaba de ocurrir. Importa cómo crecerá…
Importa como lo vivirán a partir de ahora.
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