Intento hablar, pero parece que nadie se diera cuenta de ello. Llevo un buen traje, oscuro, camisa blanca, corbata negra, zapatos relucientes. Debería estar de pie, moviéndome, intentando fingir elegancia, sonriendo, hablando y escuchando. Escuchándote responderme. Veo una mirada, pero es como la que se dirige a un mueble. Durante un momento incluso me miro a mí mismo, pensando que quizá soy un mueble, pero obviamente no es así.
- Ahora podrás estar tranquila – oigo que te dice alguien. Una mujer. Una mujer con una voz curiosamente cálida y fría al mismo tiempo. El tono cálido, pero fría de emoción.
¿Cómo he llegado aquí? Todo parecía ir bien, recuerdo que hablábamos y bromeábamos.
Veo que te acercas a mí, y cierras la puerta. Oigo la llave girando en la cerradura. Ya no entra luz. Noto el tacto de la tela. Noto que me mueven, me ponen en horizontal. Noto como si cargaran conmigo, aquí dentro. Sin verme, sin querer mirarme. La luz ha quedado fuera, la luz se la quedan otros. Oigo unas palabras que suenan lejanas por la madera. Me recuerdan a algo que me dijeron hace poco, aunque no recuerdo quien. Un hombre amargado, desilusionado. Tullido. “No sonrías”, me dijo. Sí, eso era. ¿Qué más dijo?
Oigo el golpe sordo del primer puñado de tierra. Dos. Tres. Cuatro. Se van acumulando.
Ahora lo recuerdo “No sonrías tanto. Ella te ha sacado pero ya verás como tendré que volver a enterrarte”
Ahora ya sé el porqué.
Entre los dos, me estáis enterrando.