martes, 7 de octubre de 2008

La caída

Will deslizó los dedos por su nuca, la cabeza gacha, mirando por el rabillo del ojo a los otros cinco occidentales. No recordaba del todo qué había pasado para llegar a esto. Seguro que fue algo sobre la bebida, algún tropiezo, algún insulto… Uno de ellos ya tenía la nariz rota, por algún motivo. Will sentía la cabeza pesada. Miró al resto de los que había en la sala. Losas blancas en las paredes, losas marrones en el suelo. Había japoneses mirándoles, algunos serios, otros cruzando sonrisas. Dos de ellos le miraban, riéndose y agitando un fajo de billetes mientras comentaban algo entre ellos. Por el cuello de la camiseta de uno asomaba el borde ondulado de un tatuaje verde. Buscó la misma zona en otros y descubrió el mismo patrón. Camisetas, chaquetas, camisas… tapaban el resto, pero apostaría a que eran yakuza.

Alguien le dio un toque en el hombro. Uno de esos japoneses. Le indicaba con los dedos, los otros gaijines, uno y uno… Todos ellos iban en ropa interior, descalzos, igual que Will. El japonés chocó con fuerza un puño contra su palma abierta y levantó las cejas, como preguntando.
Will le miró y asintió en silencio. Luego avanzó hacia la zona vacía de la sala, mirando a los otros occidentales. Descansó el peso en su pierna izquierda, vaciando su mente, aún afectado por el alcohol. Había unos japoneses tratando de hacerles entender algo.
- They’re telling one on one – dijo Will, agitando un dedo, sorprendiéndose de lo ronca que sonaba su voz.
Los occidentales empezaron a discutir entre ellos y al final salió de entre ellos el de la nariz rota. Uno que no aprende.
Will esperó y relajó la tensión en su cuerpo mientras el otro cargaba gritando contra él, el puño en alto. Como una serpiente, esperando que llegara a la distancia…
La sensación del cuerpo reaccionando por su cuenta ya era conocida para Will, y la dejó hacer. Ni siquiera pensaba los movimientos, su cuerpo, su entrenamiento, eso decidía por él. Le detuvo con una patada recta mientras lanzaba los brazos hacia él, como si fueran las antenas de un insecto. Contacto. Rodillas, el codo… los golpes surgían como si fuera un piloto automático, y más o menos así era. “Cuatro”, pensó Will...

Uno tras otro los otros occidentales fueron cayendo, cada vez más cautos, cada vez cansándole más. Las horas despierto, el alcohol... todo iba pasando factura. Sólo quedaba uno, uno grande, rubio. Parecía un joven vikingo con sus boxer rojos. Se acercó sonriendo, muy confiado.
- Vas a ganar – le dijo Will. Ya no estaba para esto. El rubio ensanchó su sonrisa y le agarró directamente. Will se dejó caer en vertical hacia el suelo, colgándose del cuello del vikingo y pillándole por sorpresa, ambos cayeron, el vikingo estaba encima y volvía a sonreír. Pero le estaba dando demasiado tiempo, no se había dado cuenta de que tenía que pelear de verdad. Will llevó los pulgares a sus ojos azules, él retrocedió, abriendo su guardia. Empujó la rodilla del rubio con su pierna mientras tiraba del hombro contrario, desequilibrándole y llevándole al suelo. Pasó la pierna por encima de su cuello y giro su brazo tras su espalda. Quizá podría controlarle así, o quizá no tuviera fuerza para ello, así que se irguió sobre él, abrazando su antebrazo. Usó todo el cuerpo, como si estuviera remando en un drakkar, pensó. El hombro crujió, el vikingo lanzó un largo alarido de dolor. Los japoneses se lo quitaron de encima mientras Will se dejaba en el suelo, sin fuerza para levantarse. Notaba como si las células de su cuerpo se estuvieran hundiendo, como si fuera un muñeco relleno de arena que se estuviera aposentando.

Los japoneses le levantaron, le daban palmadas, reían mientras le felicitaban. Le acercaron a una mesa donde se juntaban billetes. Apuestas, pensó Will. Los recogieron y separaron una parte mientras le ayudaban a vestirse.

Minutos más tarde estaba en la calle, la ropa mal puesta, como si hubiera dormido vestido y dado vueltas toda una noche. Notaba el fajo de billetes en el bolsillo de la chaqueta. Miró a su alrededor, y se acercó a un escaparate que le reflejaba como un espejo. Se apoyó en él mientras lo miraba. Se fue hundiendo hacia él, cerró los ojos mientras apoyaba la frente en el frío cristal.
- William... ¿Dónde estás? – Susurró, sollozando.