Encogido en la oscuridad, sordo en el silencio, la piel helada ya no siente el suelo, no siente las paredes, no siente el encierro.
Los ojos ya no ven, las pupilas abiertas desesperadas.
La nariz respira un aire helado, expulsa un vaho invisible.
La garganta y la boca, tan secas, gritan pidiendo agua al principio.
Pidiendo el olvido después.
Nadie oye los sollozos. Las lágrimas no mojan ninguna piel, no caen a ningún suelo, no dejan ningún resto. El frío entra poco a poco en el cuerpo, hiela la piel, la deja insensible. Congela la carne, la deja inmóvil y aterida, sin ni siquiera poder temblar ya. Hiela los ojos, al principio como agujas clavándose en ellos, después como frío extendiéndose desde las cuencas, por el cráneo. Los pulmones apenas se mueven, su interior escarchado. La sangre se arrastra pesadamente, densa en las venas, como un jarabe mortecino y oscuro. El corazón ya no late, sólo empuja el icor lentamente, cada vez más pausado, cada vez más despacio. El cerebro empieza a notar el frío que ha entrado por el cráneo. Comienza a encoger, comienza a morir cuando el agua cristaliza en hielo y corta su materia. Desaparece la memoria, el conocimiento. Desaparece la consciencia de las sensaciones, el recuerdo de la luz, del sonido… pierden su significado. Sólo son palabras que pronto son también olvidades, cortadas en silencio por el hielo negro, que ya ni siquiera es frío, sólo olvido. Sólo un aire, una niebla, un líquido espeso, un algo indefinido y oscuro que va cubriendo cada onda, entumeciendo cada célula. Las ilusiones y las esperanzas mueren también.
Y, por fin, lo que era un ser humano ya ha dejado de serlo. Muerto en el olvido.