Las pisadas de los dos hombres son el único sonido extraño al bosque que les rodea. Monte Fuji, ascensión de Yoshida guchi. Mirándolo, uno entiende porqué en japonés se usa la misma palabra para verde y para azul.
- Este camino es más largo y menos transitado, pero sigue siendo el mejor. -
- Entiendo porqué – responde Will. – Todo parece muy... vivo. –
- La vida nos rodea por todas partes, Will. Aprender a reconocerla siempre es importante. Pero tienes razón, a veces es más intensa, como aquí. Sin embargo, me da una sensación distinta a la vegetación de Cheung Chau o Lantau, en Hong Kong. Allí parece que, si la dejas, devorará la isla por completo, gente, calles, casas... todo. Aquí parece que unos y otros vivieran respetándose mutuamente. Hay paz. –
- Sí, la verdad es que parece pacífica. –
- Me dijeron que alguna gente viene aquí a suicidarse. Salen del camino y se ponen a caminar por el bosque, perdiéndose en él para morir. –
Will mira a William un momento, para comprobar que habla en serio.
- ¿Me tomas el pelo? -
- ¿Es tan difícil de creer? – William se detiene y abre los brazos indicando el bosque rodeándoles. – A mí no me parece un mal sitio para detenerse. Sentir como el cuerpo va volviendo a la naturaleza, dejándose ir lentamente, dejando que la debilidad llegue y crezca hasta tapar el hambre, la sed, las preocupaciones... Sabes que yo no haría algo así, pero puedo entender a quienes lo hacen. –
- Ya veo. –
- Sígamos caminando. – William vuelve a ponerse en marcha. Continúan sin hablar durante unos minutos, hasta llegar a Umagaeshi, donde los peregrinos de antaño dejaban sus caballos para continuar a pie. Se detienen y miran con calma el lugar.
- ¿Nunca has pensado en morir? No en que te maten, sino morir por tu propia voluntad, por tu propia mano. –
- Todo el mundo lo ha pensado alguna vez. –
- ¿Eso es un sí? –
- Sí, es un sí. Yo también fui un adolescente que no creía poder con sus problemas, como todo el mundo. –
- ¿Qué te hizo continuar? –
- Todo el mundo supera esos momentos. –
- No todo el mundo lo hace. ¿Qué te hizo continuar a ti? –
- Te fuerzas a pensar hacia delante. A pensar en la gente que cuenta contigo, por pocos que sean. A veces no te queda más remedio que recurrir al odio, empezar a odiar para poder luchar contra esa... esos pensamientos depresivos. Odias a las personas que no te ayudan, a los que se ríen de ti, a ti mismo, tu propia debilidad. A veces te separas un poco, dejas de odiarte a ti mismo porque empiezas a considerar que esa debilidad no es la tuya, sino la de tu "antiguo yo", tratándo de hundirte, de lastrarte... Intentas luchar para cambiar esa debilidad y ser distinto de ese débil, volverte fuerte. En algún momento lo consigues. –
William sigue mirando a Will, pensativo, pensando en sus palabras.
- La vida tiene cosas así. Momentos que te impulsan a cambiar, a mejor o a peor. – Mira el torii que marca el inicio de la ascensión real, la separación entre el mundo de todos los días y el mundo sagrado del volcán. – También hay lugares así en el mundo. Este es uno. -
Horas después, mientras siguen caminando, empieza a caer algo de lluvia. Al principio sólo son gotas sueltas, pero poco a poco va apretando más y más hasta convertir el camino en un peligro.
- Mira, debe ser la quinta estación. Espero que haya alguien... -
Will se refiere a una cabaña de madera tras una corta pero empinada subida. No tardan mucho en ver que no sólo está vacía, sino cerrada.
- Son las desventajas de este camino, como lo usa menos gente, está menos mantenido. – dice William. – Vamos a cobijarnos un poco bajo el tejado que sobresale, no es mucho, pero menos es nada.-
Pasan los minutos y la lluvia crece hasta convertirse en una tormenta. Los relámpagos cruzan el cielo dibujando líneas durante un instante.
- Me encanta la fuerza de las tormentas. – dice William. – Aquí las tormentas aún merecen ese nombre. Te recuerdan que hay un equilibrio, que el mundo no está inerte bajo el asfalto, que aún está vivo y que es quien decide qué es demasiado lejos. -
- Sí. Entiendo a qué te refieres. -
...
- Se te ha ocurrido pensar que estamos en un bosque, en medio de una tormenta, directamente bajo una casa de madera... ¿y que podría caer un rayo justo aquí, justo ahora? En este momento, tu vida y la mía sólo siguen existiendo porque no ha ocurrido aún. -
- Es un poco fatalista, ¿no crees? –
- ¡Ja! Es algo que he pensado. Hay tantas cosas en el mundo que pueden matarte. Como sólo ocurre una vez en la vida, no es algo tan frecuente que preocupe realmente a la mayoría... -
- El día a día también tiene sus peligros. Un accidente de coche, una maceta que cae de una ventana por al viento, un resbalón tonto en la ducha... Hay demasiadas cosas que pueden matarte como para pensar en ellas a todas horas. –
- Sí, pero esas cosas puedes llamarlas necesarias. Quiero decir que todo el mundo necesita comer, ir a trabajar, bañarse... Pero aquí estamos porque nosotros hemos querido venir, no lo necesitábamos, igual que la gente que escala montañas y muere congelada. ¿No te parece un riesgo tonto? –
- Lo cierto es que me siento tranquilo. Si cae un rayo está más allá de nuestro control, preocuparnos por ello sería inútil de todos modos. Pero sólo intento explicarlo y razonar lo que siento. Me siento en paz. Con todo. No he hecho todo lo que quería, pero si muero ahora... bueno, pues muero. Y si no, seguiré adelante. –
Ambos dejan que el sonido de la tormenta llene el aire y entre en ellos, como si poco a poco su cuerpo fuera parte de la propia montaña, del aire, del bosque...
La tormenta tarda casi una hora en disminuir su intensidad hasta una lluvia que les permita seguir subiendo, y salen de nuevo bajo el agua. La altura y el caer de la tarde han enfriado el aire, y ambos se ponen cazadoras de abrigo. Siguen el camino en silencio, dejándose llenar por la sensación de estar unidos a la montaña, y no sólo recorriéndola.
Finalmente el bosque acaba y sólo queda la ladera desnuda del volcán, que ahora no puede disimular su naturaleza. Hace tiempo que la noche ha empezado, y suben ayudándose con linternas, paso a paso. A veces por regueros de lava solidificada décadas atrás, usando las manos sobre la roca, fría en la noche. Suben solos, aunque el camino está lleno de gente, cada uno sintiendo la montaña más que a la gente a su alrededor.
Cuando las linternas les descubren una señal de piedra vertical, parecida a una estela egipcia, y lo que parece un pequeño templo y algunas tiendas de madera, ambos saben que han llegado al final. Caminan hasta un pequeño mirador, ya lleno de gente. Y aguardan allí, moviendo las piernas, frotando el pecho, cerrando el cuello de las cazadoras para protegerse del viento.
Poco a poco el cielo se va aclarando, muy lentamente. De negro pasa por todos los tonos de azul oscuro, mientras las nubes se tiñen de púrpura, de violeta, rojo, naranja, amarillo... el sol sale por el horizonte ante la admiración de todos los que se han reunido en la cima para contemplarlo. Para algunos quizá es la primera vez, para otros es un reencuentro.
- Creo que es lo más bonito que he visto. – dice Will.
Tras contemplar el amanecer curiosean un poco entre los recuerdos de las tiendas de madera, y empiezan el descenso. El cansancio de tantas horas de subida y del poco tiempo de descanso en una de los refugios pasan factura, y el agotamiento va llenando sus músculos poco a poco, decidiendo bajar hacia Kawaguchiko, mucho más cerca, y tomar allí el autobús.
Unas horas después llegan al pequeño grupo de edificios que forman la quinta estación de Kawaguchiko
- ¡Qué bien que fuéramos por Yoshidaguchi! – exclama Will, ante el aspecto extraturístico del lugar.
- Sabía que opinarías lo mismo que yo. –
Cuando llega el autobús se sientan allí, y relajan los músculos de sus piernas.
- ¿Qué te ha parecido? – Pregunta William.
- Es una sensación maravillosa. Muchas sensaciones maravillosas, de hecho. La sensación de ser uno con la montaña, con el bosque. La paz ante la tormenta. La tranquilidad... Siento...
Siento que después de haber subido al Fuji nada va a poder conmigo. Si he podido hacer esto, puedo hacerlo todo. Puedo superarlo todo. Por duros que sean algunos momentos en el futuro, por duros que hayan sido algunos en el pasado... Puedo con ello. Como si hubiera quedado algo del Fuji dentro de mí. –
William asiente, satisfecho.