Y ante mí, el mar.
Me pregunto qué camino debo seguir. La noche es oscura, la luz de la luna apenas se filtra entre las nubes, y el agua se intuye, como una susurrante sombra, veteada aquí y allá por tenues líneas blancas de espuma.
La arena de la playa se ve grisácea, la noto fresca y húmeda bajo mis pies descalzos. Miro la línea de la playa a mi derecha, alargándose hacia el horizonte hasta perderse en la oscuridad.
Miro por un momento atrás, hacia las luces del paseo marítimo. El pequeño pueblo, que se llenó de veraneantes como cada verano, ahora parece solitario, ya entrado septiembre.
¿Qué le pasa a mi mente? Casi no hago más que decidir entrar en el agua y nadar hacia las sombras profundas de esta noche cuando me llama la atención la arena, y caminar por su superficie húmeda hacia donde se confunde con la oscuridad…
¿Será porque ambos caminos son desconocidos?
La playa parece sonreír, parece misteriosa y conocida al mismo tiempo. ¿Qué habrá en ella? ¿Qué encontraría en el camino, si la siguiera?
¿Besos? ¿Caricias? ¿Susurros en la oscuridad? ¿Un aliento sobre mi pecho?
¿Y al otro lado de este mar de sombras?
¿Arrecifes duros? ¿Otras playas? ¿Otras vidas? ¿Sólo el abrazo húmedo y frío de la sombra, quizá?
Quizá haya luces dentro de los bloques de hormigón, quizá haya felicidad en esta playa, justo tras la primera curva que el mar formó…
Pero mis pies ya caminan por el agua.
Las sombras serpentean, subiendo hacia mis rodillas, dejando líneas de espuma cuando retroceden, recogiéndolas de nuevo cada vez que suben, con cada paso. Sigo mirando la playa, y el mar. El mar y la playa. ¿Encontraré esta misma arena al otro lado del mar? ¿Seguirá aquí cuando vuelva?
¿Volveré?
Dos caminos desconocidos en medios sin caminos.
Arena y agua.
Agua o arena.